martes, 14 de febrero de 2017

Sketchbook

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Did you notice that? It is always difficult not to perfect something. A new idea comes. The rubber activates. "My first thought is not valid anymore", wispers my mental wind. It has already been replaced by another one. Mental flow. They come, you feel the ilussion of their eternity and right after that, they go away.
Mind is an ilussion of life. We are constanly dreaming. Watercolours falling through the paper of our time. Nothing produces more impact than our own insignificance. Might life be an ilussion of my mind?
Sometimes.
Then I come back to reality and feel my emptiness again.

Sketchbook

Lacking

No-judgement zone. Let's call this the "no-judgement zone".
This is going to be a place or a space where mistakes do not exist. Nothing can be wrong, because nothing is right. There are no expectations. Just me.
At first I take a white piece of paper. I draw on it whatever it comes to my mind and the ink just runs through the sheet of paper freely. Let's say... something has been created? Okay, something is just born. Right after that, I look at it. I take my time, I observe, I watch it from above. No preassure. Nothing wrong can happen.

This is emptiness. I fill a skechtbook to make it look full, and then oberve it from an empty mind.
See the mistake? I do not, either.

viernes, 16 de diciembre de 2016

Cuando se olvida el tiempo



Durante la ejecución de una tarea que me absorbe me vuelvo agua. El tiempo se agota y se amplían los segundos, y cada uno de ellos, o en cada uno, se desarrolla una eternidad de mil matices. Parece que el tejido espacio-temporal se convierte en una tela moldeable al gusto, como poseído por una masa infinita que cae, constantemente, y este, cede, sin fin. Desaparecen los alrededores. El ego. Todo existe y nada es, o nada parece estar, y me desvanezco a placer de aquello que me tiene anonadada. Absorta.
Todavía no alcanzo a comprender (y no sé si alguna vez podré, aunque no tengo gran intención) cómo esto sucede. No entiendo por qué, de manera casi repentina, no soy y soy a la vez más que nunca. Mi mente se transforma en gotas de agua que caen en un cauce de notas y se amoldan a la corriente. Me desposeo de mí, me disocio por tanto tiempo como la actividad se prolonga, y prometo, prometo mil veces, que aunque mis oídos floten y mis dedos (si procede) caminen, corran o gateen, yo me convierto en algo que no comprendo cómo es, y que muy mundanamente denominamos música. Si lo procesara fríamente, o más bien, con los ojos de una persona seria, caería en la tentación de pensar que, efectivamente, se trata de algo verdaderamente peligroso. Pero yo, que soy un caso perdido en esto de ser (y parecer) normal, soy consciente de la droga que supone, y no es que acuda a ella, sino que en ella me muevo. Y cuando me olvido de mi ser como un ente en cinco estados, soy un poco menos.
Nuestra mente occidental tiene enorme tendencia a disfrutar más de lo que más comprende (y por tanto de lo que más ha analizado). Pero cuando nos hallamos ante algo tan grandioso como la música, cuyos efectos nos resultan inentendibles, necesitamos comprender que rendirnos ante ella no es solo la decisión más humilde (y la más coherente), sino la que nos va a abrir las puertas del subconsciente a un universo de magia donde ella plantea los trucos con nuestro mundo interior como herramienta, y entonces, y solo entonces, cuando nos dejemos caer al vacío y escapar el control de nuestras manos, accederemos a una parte de nosotros que no establece barreras inconscientes. Y como el agua, fluiremos.

viernes, 25 de noviembre de 2016

Memoria

"La tierra no es redonda:
es un patio cuadrado
donde los hombres giran
bajo un cielo de estaño.
Soñé que el mundo era
un redondo espectáculo
envuelto por el cielo,
con ciudades y campos
en paz, con trigo y besos,
con ríos, montes y anchos
mares donde navegan
corazones y barcos.
Pero el mundo es un patio
(un patio donde giran
los hombres sin espacio).
A veces, cuando subo
a mi ventana, palpo
con mis ojos la vida
de luz que voy soñando.
Y entonces, digo: "El mundo
es algo más que el patio
y estas losas terribles
donde me voy gastando".
Y oigo las colinas libres,
voces entre los álamos,
la charla azul del río
que ciñe mi cadalso.
"Es la vida", me dicen
los aromas, el canto
rojo de los jilgueros,
la música en el vaso
blanco y azul del día,
la risa de un muchacho...

Pero soñar es despierto
(mi reja es el costado
de un sueño
que da al campo).

Amanezco, y ya todo
   fuera del sueño    es patio.
(Un patio bajo un cielo
de fosa, desgarrado,
que acuchillan y acotan
muros y pararrayos).

Ya ni el sueño me lleva
hacia mis libres años.
Ya todo, todo, todo,
    hasta en el sueño    es patio.

Un patio donde gira
mi corazón, clavado;
mi corazón, desnudo;
mi corazón, clamando;
mi corazón, que tiene
la forma gris de un patio.
(Un patio donde giran
los hombres sin descanso)."                                                     
Marcos Ana



Tras la muerte guarda uno silencio. Un minuto, varios en caso de aflicción, y recuerda el nombre, los ojos y las arrugas (o muecas en su defecto) del ser de quien se despide.

Acude lento a su cadáver, reposando,
y lanza una mirada a los ojos ya cerrados
que invitan a un verso que selle sus párpados,
y a una sonrisa, o lágrima, o llanto.
Descansan sobre el muerto dormidas sus manos,
gélidas, rugosas por el tiempo pasado,
y el vivo    en un intento de calor humano   
cae sus dedos por los nudillos agrietados.
Acto seguido, despedidos tantos años,
camina sin latidos, con los pies emplomados,
la cabeza en el suelo y la mirada en el pasado,
el que "apenas" ha vivido y sigue disfrutando
de un Sol que a veces brilla como otras sale en vano,
que a veces ilumina y otras ciega por ver tanto...
El vivo, lentamente, continúa caminando
y traza su sendero con mil pinturas en mano,
y ahora, ante el horizonte inacabado,
pinta la línea ausente con pulso milimetrado
y crea un paisaje de esencia más plena
que permita crecer, siempre recordando.


La utopía debe ser la luz de nuestros pasos,
con el cielo siempre lejos, pero siempre caminando.



En un lugar sin memoria, en un presente que tiene su cuna en una cuneta, no nos queda mayor deber que buscar sin cese picos y palas para arrancar de la tierra nuestras propias raíces. Y aquellas y aquellos que sufrieron la miseria, la cárcel, que fueron condenados en esencia y que aun así continuaron su lucha, son a quienes necesitamos para reforzar los hilvanes de nuestra historia, los que hoy cortan desdeñosamente las almas infames con tijeras de olvido.
Nos quedan pocas vidas y algunos libros. Pero recordar, de la misma forma en que el detective reúne las pistas que encuentra, es nuestra última arma. Y el día en que podamos comprender de dónde venimos, entenderemos quiénes somos, y podremos encaminar nuestra futura identidad. Y ese día, por fin, ya no habrá silencio, ni tierra que cubra, ni manta que entierre, ni cuneta por cuna... ese día, la alienación habrá terminado, y todos seremos.

En memoria de Fernando Macarro (Marcos Ana), que hoy nos deja aunque lo necesitemos.





sábado, 1 de octubre de 2016

Muebles con carácter

Como todos los viernes, hoy se van las personas un poco antes a dormir. Otras muchas, quizás la mayoría, se esconden como gatos en la noche para seguir despiertos. A mí esto, no sé por qué, me recuerda a un jueves un tanto tardío, como si a la mañana siguiente fueran a repetir la liturgia de arrancarse perezosas las sábanas del cuerpo, y caminar torpemente hacia el lavabo en busca de agua fresca. Yo, como todas las noches, me quedo sola en mi sofá, recreando para mi deleite -o masoquismo, a veces- realidades cotidianas que pueden disfrazarse de insólitas. Miro a los muebles con cierto aire existencialista y les pregunto cuánto habrán visto, y su respuesta ausente, callada como siempre, propicia mi rutina imaginativa e inconsciente.


Si los muebles tuvieran voz serían peligrosos. Inconvenientes, quizás, para todas aquellas mentes que impusieran guardar silencio. Si tuvieran voz, además, gozarían también de una personalidad a priori en serie, que después, aclimatada a cada casa, cambiaría ligeramente, en función de la temperatura y la decoración -para ellos abalorios- con la que se los adornara. Entonces, ya vestidos con sus galas, los habría con una jerga engolada y verso tradicional, que contarían sus aventuras -y las de sus compradores- en cuartetos y serventesios. Otros, más minimalistas, serían sencillos como su diseño indica, y narrarían con concisión lo justo y necesario, con frases no demasiado largas pero debidamente conectadas. Además, los habría de temperamento variado, según el color de su piel, que si bien es muchas veces blanco, otras se torna potente e incluso agresivo, bajo teces chillonas o simplemente fuertes. En este caso, y en un contexto visual -para ellos social- inadecuado, podrían resultar chirriantes. Pero al igual que las personas, su valor y potencial sería igualmente considerable, solo que incomprendido. Lo que sí está claro -y en esto tenemos mucho que aprender de ellos- es que estos objetos no dudarían de su propia valía, sino que esperarían pacientemente a ser colocados en el lugar correcto.
Nosotros, los humanos, siempre andamos buscando semejanzas y otorgamos atributos propios a lo que se nos parece mínimamente, y a lo que no. De ahí que sea razonablemente contradictorio, al menos en principio, que estos objetos a los que intentamos denominar seres tengan la cualidad del lenguaje impregnada, así como el carácter, sin andarse juzgando entre ellos y a sí mismos. Es posible, incluso, que piensen en nosotros como criaturas verdaderamente extrañas. Y tendrán razón. Y por este motivo no puedo sino suponer que lo que sus pieles -porque ojos, que sepamos, no tienen- han presenciado ha podido ser, cuanto menos, curioso, pero también inquietante. Accederíamos a un conocimiento de nosotros mismos al que por humanos no tenemos acceso.
En suma, es probable que estos observadores natos de envergaduras variadas tengan mucho que contarnos... posiblemente todas aquellas cosas que, por tener ojos, no queramos ver.