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 Con un té negro con canela inauguro este nuevo texto, y desempolvo así el blog, que tanto me ha acompañado a lo largo de los años. Hoy regreso a él, curiosamente, porque me siento triste, y sé, ya certeramente, que escribo para verter las lágrimas que no lloro, al menos casi siempre. Hace tiempo me quejaba de ello; hoy, sin embargo, me reconforta saber que puedo grabar la pena como gofra el encuadernador las cubiertas de algunos libros. Para que no se me olvide, prefiero dejarlo escrito: "estoy haciendo un duelo". Para que no se me olvide, digo, porque a veces mi pena queda envuelta en una cortina de lino que, por suave, no percibo como lo que es: la capa que me separa de la tristeza que me habita. Y a veces, muchas veces, estoy contenta. Hasta muy contenta. Pero otras, muchas otras, se me enciende una urticaria en el pecho y mi estrés se dispara. O me disparo yo. Y me disparo porque no me siento segura en mí misma. ¿Cómo es eso? No me siento segura en mí porque no sé accede...

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