Es difícil esto de la cuarentena, he de reconocer. Por fortuna, hace unos días se nos abrieron, a ratitos, las puertas de la calle, y dos veces al día tenemos la oportunidad de cambiar de aires, nunca mejor dicho. La hierba seca que bordea las vías alberga desde no sé cuándo una ingente cantidad de grillos, y tal es, que al acercarse mínimamente se les escucha grillar con una intensidad irritante. Pese a ello, pasear bordeando las vallas que me separan de los raíles continúa siendo un bálsamo nocturno, y cercanas las once de la noche las calles aledañas se desertizan culminando la caminata con la soledad que tanto ansío.
Hoy, en concreto, he tenido el placer de cruzarme con dos gatos muy serenos (salvo uno cuando ha visto que me acercaba), y me he lamentado por no tener comida que ofrecerles. Curiosamente, ahora que disfruto tanto del silencio, la interacción con animales me resulta doblemente placentera: puedo gozar de su compañía, observarles en su naturaleza salvaje, y todo sin pronunciar palabra.
Al entrar de nuevo en casa, aunque saboreando el paseo, he sentido cómo se dibujaba en la puerta un candado que me ha devuelto la sensación de encerrona, y otra vez, aunque de forma más sutil, me ha fastidiado el anhelo de salir a la calle.
Entre paredes, devienen algunas cosas y a la vez ninguna. La falta de estímulos me aplana las entrañas y las energías, me irrita la garganta y las palabras, pero de ello no merece la pena hablar. Lo importante, aunque sea poco, es lo que sí ocurre, como el paseo de hace una hora, y la historia de Macondo, que devoraré en pequeñas dosis, y que me acompañará hasta quedarme dormida.
Y mañana, idealmente, tendré otro paseo para contar.
Cuando aproveches tu hora de permiso diario siempre puedes dejarte una nota mental: "salgo a buscarme, enseguida vuelvo". Así, como el que sale a buscar pan, vuelves con una barra de ti bajo el brazo y, cuando se acaba, sales a por más. Eso sí, fundamental entre medias disfrutar de un delicioso bocata.
ResponderEliminar