Un año después, Madrid se ha llenado de mirlos. ¿Será una señal? No solo el aire se respira con gusto y la primavera se ha instaurado con una autoridad inusual, sino que, al desaparecer los humanos de las calles, los pájaros han repoblado la ciudad. Como siempre debió ser, ahora se escuchan también los atardeceres, y no solo el Sol se despide con sus colores vespertinos; son los gorriones, los mirlos, las urracas, los que articulan con su canto este momento del día.
A ras de la ventana, el jardín ha pasado la cuarentena progresivamente más y más cuajado de flores, se ha tornado prado y ha olido a verde silvestre, hasta que hace poco (cosas de la economía nacional) lo podaron como suelen hacer cuando el mundo vive del revés. ¡Qué pena! ¡Mis margaritas! Y mis dientes de león, todos esbeltos y calvos de polen... Sin embargo, apenas han pasado tres días de la poda, y ya se asoman las primeras florecillas. La primavera, al parecer, nunca para. Ni siquiera bajo tierra.

Al otro lado de la ventana, he observado el día con prisa y desgana. Ha sido extraño; precedido de una mala noche, encabezado por un diagnóstico incompleto y seguido de dudas y demás rarezas. De paredes para dentro, desde luego, no apuntaba maneras. Pero sea como sea, a los días malos también se sobrevive y aquí me hallo, ya a medianoche, concluyendo esta jornada mental (y a ratos académica).
No sé, ahora que me siento y planeo por mi mente, cuánto he crecido durante este mes y pico de encerrona. Es más, ¿he crecido acaso? Sí me he demostrado muchas cosas buenas, o al menos, algunas muy valiosas, y me siento orgullosa de ello. Por mi salud, por mi entereza en algunos casos y mi creciente paciencia conmigo misma (con la que no me quito mérito ninguno), entre otras cosas. ¿Por mi eficacia? Eso no lo sé, y hasta cierto punto, aún lo dudo. Ese sigue siendo mi gran reto cotidiano.
Hay días en los que conecto con mis virtudes y logros de manera especial. Hoy, precisamente, ocurrió lo contrario. A veces se me cruzan pensamientos o recuerdos como aves rapaces que dejan, paradójicamente, el rastro pegajoso de una babosa. Pero al final del día, como es el caso, suelo llegar a la conclusión de que la importancia de todo esto es relativa; en pocos instantes me cambiaré, respiraré hondo y abrazaré el desánimo que me puebla, con calma, con buen sabor de boca (esto es, con los dientes recién lavados), y tras haber leído un par de páginas de un libro, caeré rendida ante el leve nerviosismo que suele preceder, en mi caso, al sueño.
Y espero, eso sí, que esta noche me brinde descanso.

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