I

 Con un té negro con canela inauguro este nuevo texto, y desempolvo así el blog, que tanto me ha acompañado a lo largo de los años. Hoy regreso a él, curiosamente, porque me siento triste, y sé, ya certeramente, que escribo para verter las lágrimas que no lloro, al menos casi siempre. Hace tiempo me quejaba de ello; hoy, sin embargo, me reconforta saber que puedo grabar la pena como gofra el encuadernador las cubiertas de algunos libros.

Para que no se me olvide, prefiero dejarlo escrito: "estoy haciendo un duelo". Para que no se me olvide, digo, porque a veces mi pena queda envuelta en una cortina de lino que, por suave, no percibo como lo que es: la capa que me separa de la tristeza que me habita. Y a veces, muchas veces, estoy contenta. Hasta muy contenta. Pero otras, muchas otras, se me enciende una urticaria en el pecho y mi estrés se dispara. O me disparo yo. Y me disparo porque no me siento segura en mí misma. ¿Cómo es eso? No me siento segura en mí porque no sé acceder siempre a mis emociones más profundas, y consecuentemente, no sé leerme ni calmarme. Mi estrés es la respuesta de una niña que ha llorado demasiado y no ha sido escuchada, y ha empezado a somatizar en su cuerpo la respuesta ante los peligros que sus adultos deberían haberle enseñado. Y es tan automática que a veces no me doy la oportunidad de pararme a sentir lo que en el fondo me está ocurriendo.

Hoy, tras unos recados, un hermoso paseo y unas conversaciones breves, casuales y muy humanas, me he acomodado en el césped del Retiro. Tras gestionar un par de cosas más, me he parado a sentir. Primero el estrés, claro. ¿Cómo no hacerlo? Y cuando he podido poner en palabras mi propia inseguridad, más lo antedicho, me he calmado, y ha venido la tristeza. Hoy, de hecho, ha llamado primero a la puerta de mi mente con unos toquecillos, no para pedir permiso, sino para avisar de que entraba. Y esa gentileza con que he empezado a sentirla ha sido balsámica.

Me siento triste, sí. Apenada y hasta vacía. Aunque, he de decir, ya no me pesa tanto como lo hacía años o meses atrás..., puesto que antes, más que un hueco, sentía un vacío que se expandía hasta casi superar las dimensiones de mi cuerpo, y esa delgada línea entre las paredes de mi plexo y el mundo exterior se resquebrajaba por momentos, como lo hacen las presas a punto de desbordarse.

Hoy no sucede tanto, ni así. La tristeza me sale por la boca, por la nariz a veces, con el aire y las canciones que musito cuando me ducho. La tristeza sale... Me repito a veces, y lo sé, porque determinadas oraciones me revelan realidades que a veces ni yo misma concibo.

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