Pues eso.

Una tarde, paseando,
me trajo el viento
un silbido parecido a tu voz;
tan dulce como el canto de piano,
tan duro como el rugido de un tambor.

Pasé desapercibida un momento,
hasta que oí un tenue "adiós".
Y luego busqué por cada calle
la ninfa de aquel valle
que me trajo un recuerdo que el olvido se llevó.

¡Eras tú! Estaba segura.
Tanto, que te escribí una canción.
La recité por cada esquina
para ver si tu voz volvía
y, de nuevo, me atravesaba el corazón.

Pero al parecer no hubo resultado.
Te fuiste con el frío del anochecer.
¿Era tu voz la que me había llegado
sin haber pasado ni una año
y me había otorgado semejante placer?

¡No puede ser!
¡Nada tenía sentido!
Pero a ver que andaba por tu calle
supe que ya era tarde,
pues tú, una vez más, ya te habías ido.

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