Porque se merece mucho más que esto.
Tenía un bebé en sus manos. Sonreía como nunca, como una niña. Yo, un poco al margen, al otro lado del sofá, me di cuenta de lo mucho que le importaba, de qué era la felicidad, de quién se escondía bajo esos ojos. Había encontrado la llave de su alma y había descubierto el más hermoso tesoro: su gran corazón y todo lo que encerraba su roja sangre. Soledad, ansia, bondad, sinceridad, felicidad, euforia... Muchos y muy bellos sentimientos eran reflejados por la deslumbrante luz de las perlas de su sonrisa, muchos y muy bellos sentimientos se podían ver en sus zafiros, en sus ojos. Era la belleza plasmada en un ser humano. Rompí a llorar, me arrimé a su hombro y la dije: Te quiero, Paula. Mis palabras se las llevó al viento, al igual que la tristeza en ese momento. Recuerdo aún su cara extraña mirándome y diciéndome con pequeñas expresiones: -¿A qué ha venido eso?- Su carita no recibió respuesta, pero sí una sonrisa que desprendía más amor que nunca. En ese instante le di una razón a todos sus enfados, sus respuestas, sus llantos. La importaba, pero la importaba de verdad. Y para ello no hizo falta ninguna foto absurda con un te quiero escrito en ella sin sentimiento alguno. Sólo y únicamente hizo falta ver a su corazón sonreír, al silencio gritar, a la tristeza reír, a la felicidad dejar de llorar. Ese día añadí una nueva palabra a mi diccionario: amistad.
Te quiero Paula. Gracias y perdón.
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