A Miguel Hernández.

No me puedo comparar con él.
Días y días
de dolor y escarmiento
hasta el fin de su vida,
cuando, tristemente, sus párpados se secaron,
cuando, tristemente, se apagó su aliento.

Te quiero, Miguel.

(Siento no poder dedicarte algo mejor y no esta mierda, pues has de sabes que mi calidad literaria ni mucho menos se puede siquiera comparar con la tuya.
Doquiera que estés, se consciente de lo que para mí significas).

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