¡No soy yo!


Con los puños apretados, las lágrimas en los ojos, el corazón sin apenas latidos y la vida a cuestas repetía y volvía a repetir el caminar por aquella calle. Su cuaderno de escritura, que más bien parecía un paquete de pañuelos usado, pues estaba calado de las lágrimas que había derramado mientras escribía, sangraba gotas de tinta. En el extremo superior del cuaderno un pilot negro se aferraba a las anillas de éste. También lloraba. Lloraba las lágrimas que el cuaderno no podía sangrar, que ni sus ojos ni su corazón eran capaces de derramar. El en interior del cuaderno, titulado "Sangre De Tinta", se escondían las oscuras, melancólicas y tristes lágrimas que el bolígrafo había llorado, dejado así la pura tristeza plasmada en unas simples palabrejas, tan simples como duras, tan duras como reales. Pero sin embargo, ella las había escrito como quien escribe "mi mamá me mima", las leía y ni se inmutaba. Su corazón ya no podía hablar de otra forma. Se le habían olvidado muchas maneras de gritar, como reír, cantar, bailar... Sólo se acordaba de gritar en silencio escribiendo, llorando. Pero había un problema: aquella chica había derramado tantas gotas de tristeza que llorar ya no era un desahogo. Había probado incluso el llorar sangre, pero nada funcionaba.

Cabizbaja, dudaba si dejarse caer al suelo y romper a llorar o seguir caminando hasta alcanzar el banco donde siempre se sentaba. Con mucha fuerza de voluntad (la única que le quedaba) se decidió por lo segundo. A medida que andaba iba dejando un rastro muy desagradable para cualquiera que pasara por la calle, no porque oliera mal ni nada por el estilo; la melancolía de la que estaba abarrotada se manifestaba dejando una sombra tan negra y triste que resultaba dañina para el corazón de la gente.

Sin fuerzas y sin ganas de vivir tiró su mochila al suelo y se sentó en el banco. Aquel banco no era un banco cualquiera, tenía una peculiaridad: estaba situado en frente del portal por el que salía el amor de su vida. Ella siempre se sentaba allí con la esperanza de verlo salir, pero nunca sucedía. A pesar de todo, aquella chica tenía la esperanza de que algún día podría ver a su amor fuera del horario escolar, pero la poca esperanza que le quedaba se la había llevado el viento.

Pasaban las horas. Con el bolígrafo en la mano izquierda, el cuaderno abierto en la mano derecha, la cara abarrotada de una lágrimas que reflejaban la impotencia que sentía y el corazón tirado en el suelo llorando permanecía sentada esperando su llegada. Lo que quería era verlo, bien entrando o bien saliendo. El caso era poder disfrutar de su sonrisa un pequeño instante. También anhelaba un saludo, pero eso iba a ser imposible, pues esa persona ya había advertido que por la calle no saludaba y, aunque no hubiera dicho nada, tampoco hubiera sido posible ese saludo; el rostro de aquella chica estaba tan pálido y débil que resultaba imposible reconocerla. Las lágrimas habían corrido la tinta de su piel dejándole un rostro descolorido.

Sus lágrimas acariciaron el suelo. La soledad le había hecho un agujero en el alma, la tristeza le había apuñalado por la espalda. Ya no podía más. Una melancólica sombra se cernía sobre ella.

Desesperada, cogió sus cosas y, sin ganas de hacerlo, marchó rumbo a su casa dejando atrás una inimaginable desolación. En su cabeza resonaban unas palabras que le rompían el corazón cada vez que las recordaba. Era, concretamente, una pequeña canción compuesta por ella misma.

Llegó a casa. Sin aliento, cogió las llaves y abrió la puerta. Nada más cerrarla, se dejó caer al suelo y rompió a llorar, dejando al descubierto su estado de ánimo ante el mundo, el pésimo mundo en el que le había tocado vivir.

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