Mi madre murió una tarde como esta: nubosa, otoñal y de temperatura irregular. Las nubes avanzaban con rapidez, y los árboles balanceaban sus ramas a la velocidad del viento. No era un día triste, a decir verdad. Ni ajetreado, ni nada. Sin duda, lo más tentador era coger un libro y leerlo en nuestro estupendo sofá con las piernas cruzadas. Y así hice.

Mis manos sostenían una mezcla de curiosidades, literatura y neurología, y mi mente recreaba un profesor de música que no podía ver la realidad, no de la manera en que nosotros la concebimos. Este pobre hombre no era consciente de su "ceguera neurológica", y se hallaba perdido en un mundo de notas y cadencias, sin el cual tampoco podía vivir. Mis padres acababan de entrar por la puerta, y mi madre no tardó en acompañarme en esta tarde de lectura, aunque sin libro. Le pregunté por el trabajo y el día en general, y obtuve una respuesta que no pudo sino agradarme; ya me había acostumbrado a reaccionar con un estupor seguido de preguntas terapéuticas, como si mi labor fuera curativa. Tras una breve y agradable conversación, mi madre prosiguió su ritual de siesta y descanso, y yo continué leyendo para mí, aunque imaginando que ella me escuchaba. Me apoyé en su hombro para mayor comodidad, y su cabeza reposó casi automáticamente en la mía.

Ahora que mis ojos dibujan en el vacío del sofá la silueta que mi madre representaba con su presencia, trato de localizar el cómo, el porqué, el cuándo sus ojos se sellaron en vez de cerrarse.
Suena Mahler. Me veo condenada a buscar a mi madre entre los violines, que parece que me llaman, como cuando llega la muerte y te rescata sin elección ni retorno. Recuerdo mis ojos lacrimosos. Nunca me apoyé en un hombro con tantas ganas. Quise quedarme ahí por siempre, morir con ella como si nada hubiera pasado. No me importaba esperar. Dejé el libro con prisa, como si aquello fuera a traerla de vuelta, y deslicé mi mano sobre las suyas, mientras abrazaba con el otro brazo su abdomen, que ya no respiraba. Odié entender lo que estaba pasando, y cuanto más cerraba los ojos, más evidente me parecía. Decidí respirar hondo, por ella, pero nada puede atar al pájaro que ha levantado el vuelo. Dejé reposar mi cabeza sobre su pecho y me estremecí unos instantes; ella siempre me devolvía los abrazos. Le di un beso en la mejilla. No sonreía. Y yo no podía hacer nada. "Te voy a echar de menos, mamá", le dije.

Dejé de intentarlo. Su cuerpo reposaba en paz. Sus ojos, del color del mar, pasarían a ser el mar en sí mismo. En calma. Y entre dos aguas saladas, expiraba mi boca, incapaz de pronunciar palabra. "Mi madre ha muerto", recité para mí. Lo repetí un par de veces como masticando lo incomestible, y decidí abrir los ojos. Los libros, los discos, las paredes. Todo seguía igual. "Mi madre ha muerto", pensé de nuevo en alto. En paz, cerré los ojos.

Cuando desperté, ni siquiera había amanecido. Las faloras hacían de luna allí donde la luna no podía hacer de faloras, y tras las mismas liturgias de todas las mañanas, saludé a mi madre. Con el mismo gesto, me devolvió el saludo. Poco después, amaneció.

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