Las lágrimas son agua y van al mar. Pues en mí no deben de ser lágrimas, entonces.

La rabia me invade
cuando recuerdo tu mirada.
La que me dijo que ya era tarde
para no dar esta historia por terminada.

Pero seguí luchando, luchando por ti.
Y mientras, la muerte me perseguía.
Luchaba por tú eras mi vivir.
Y las fuerzas se fueron un momento cualquiera de cualquier día.

Tú seguiste adelante,
llevando a cabo tu vida.
Estabas tan cerca y tan distante...
Tus sonrisas no fueron más que otra mentira.

Pero yo me lo creí,
y respondí con un te quiero callado.
Me tomabas por tonta y decías que sí,
sabiendo que todas mis lágrimas iban a ser en vano.

Venías a mí para preguntarme,
aún siendo consciente de lo que me podía pasar.
Me arrancabas las lágrimas para felicitarme
porque, según tú, había dejado de llorar.

Pero tú mismo sabías
lo mucho que estaba sufriendo.
Y por eso me sonreías,
porque tu sonrisa es la droga por la que sigo viviendo.

Y cuando te fuiste... todo se vino abajo.
Hasta tu perfección se había ido.
Toda mi alma se hizo pedazos.
Me hiciste saber lo que había perdido.

Entonces comprendí que mi vida empezó con tu llegada,
y el amor se manifestaba con ganas de llorar.
Pero todas las lágrimas NUNCA fueron NADA
comparadas con el dolor que me produjo tu marchar.

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