Para la señorita Cordeiro Sobrino.


Rebecca de Winter la llamaban.
Bailar era uno de sus sueños.
Unas putas bailando la puteaban
forzándole a rendirse sintiéndolo.
Un día a su amiga llamó
llorando y diciendo: Lo dejo, no puedo.
Y lloró, y lloró, y lloró,
con, entre otras cosas, remordimiento y miedo.
Se habían metido con ella,
la había su profesor llamado tonta.
Hasta había quedado en ridículo.
Ya tanto puterío hasta me asombra.
La chica estaba ciega de tanta impotencia.
Se quejaba sin ver la solución.
Tantas veces quedar en evidencia
la había roto por completo el corazón.
Fijó el final en un cuento inacabado,
cuando debería haber dicho: continuará.
Quiso dar su sueño por terminado,
pero no sabía que aún podía luchar.
Un día, viendo una carrera se dijo:
¿Por qué me paré a mitad de camino?
Hasta el último llegó a la meta.
Dejémonos de excusas; soy yo, no el destino.
Se puso en pie con la cabeza
bien alta y gritó:
¿Por qué lo hacen ellas y no lo hago yo?
Y no surgieron lágrimas, sonrió.
Ya preparada y sin ganas de llorar
con ella otra vez empezó la clase.
Aquellas tontas la intentaron fastidiar,
pero de la boca de Reb sólo salió una frase:
¿Qué miráis, no habéis venido a bailar,
o creéis que con vuestros murmullos
voy a dejar para siempre de gritar?
Les afirmó que sólo eran más que barullo.
El sueño de Laura aún estaba por empezar.

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