Te subiste al altar de Pérgamo
Y ahora navegas por el Hades.
Te pusiste un medallón al cuello
Que a mis ojos te queda tan grade
Que me da risa y cierto consuelo.

Tu mirada furiosa ya no tiene voz.
Tus gritos se diluyen en el vacío
De mis oídos, que ya no te escuchan,
Que ya no creen ninguna de las ideas
Que trataste de meterme a cuchilladas.

Te quedas en nada,
Nada que te mereces,
En la que te hundes
Cuando se cae
Tu armadura de latón.

Estás en los huesos,
Flaco de ideas, de sentimientos,
Mente vacía
Cuyo único intento es chupar
La vida del resto.

No tienes hogar
Porque nadie te recibe.


Yo, por mi parte,
Dejé de intentar entenderte,
Porque si algo he comprendido
Es que actúas
Sin que nada te mueva,
Salvo el sufrimiento.
Y yo me he liberado.
Ni tus palabras,
Ni tus brazos imponentes,
Ni tu primera imagen solemne
Traspasan mi piel impermeable;
Y tú, lluvia de vaciedad,
Solo has logrado hacerme
Más grande.
Más fuerte.
Más yo.
Y eso es lo que soy ahora,
Sin ti.
Llevo mis raíces a cada punto de la Tierra
Y me nutro del agua que acaricia el suelo,
Y al tiempo tengo alas que al volar despliego
Con un gesto amplio que no volveré a esconder.

No siento decirte Nada,
Ni el más duro de mis versos,
Y que caiga en ti,
Como el rayo que antecede al trueno,
La angostura
Que transmites con tu gesto.
Y que ese lecho de muerte
Sea tu último destello,
Una luz de cara oscura
que te ahogue en un intento,

como siempre,
de seguir haciendo daño.

Adiós, una vez más,
serpiente oscura que esconde sus colmillos.
Ya no robarás
la luz que soy y que en mí nace.
Tu peso se desvanece
con el amor que siembro
-el que un día me quitaste-...
Y no volverás a robarme el aliento.

Donde ayer entraste con aires triunfantes,
hoy te diluyes como arena en el desierto.

-Me calmo, en silencio-.


Ya no te siento
entre la luz de mis entrañas.


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