Ojos tristes
Hay algo que me nace por dentro y que nada por el océano de mi inconsciente. Me susurra cosas que se llaman sueños, y su voz se ahoga en cuestión de segundos. Vuelve el silencio. Su aura se me antoja de un color que no conozco –no alcanzo a verla–; su aliento, su timbre... Tratan de responder a preguntas que todavía no sé hacerme. Me mira triste, a veces, como el niño al que no se hace caso, y baja la mirada tan rápido que no me da tiempo a seguir su pista... Pero se me queda el sinsabor de un abismo a medias, quizás solamente un vacío, al que por más que alguna vez llamo, jamás logro poner nombre.
No comprendo esta sinestesia. Trato de escucharte con los ojos, pero al clavar mi atención en tus pupilas, todo son preguntas. Me susurras muchas veces, cual alma perdida buscando refugio, y cuando giro mi cuerpo para escucharte atenta te vaporizas, te conviertes en niebla. Y no solo no te veo, sino que además me siento perdida. Podría darte la espalda de nuevo, como tantas otras veces, pero ¿cómo voy ahora a deshacerme de este grito ahogado con que pronuncias mi nombre? Resuena en mi cabeza como el eco que nunca resuelve, y me deja suspendida en una nada angustiosa de la que ansío salir con algo entre las manos.
Trato de abarcarte mirándome por dentro, y cuanto más me acerco a ti, más se difumina el negro manchando toda claridad con este incómodo silencio.
Quizás sea eso lo que me aguarda, o lo que me queda: silencio. O tal vez no seas tú la voz que dibuje mi siguiente paso (tal vez seas un mero aviso para seguir creando...), y sean otras bocas las que respondan a tu nombre. Quizás deba seguir preguntando hasta que por casualidad me tope contigo, y por fin podamos encontrarnos.
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