Se me ha perdido el aliento en un mar de sombras. También he perdido el recuerdo. Solo sé que cuando hablo salgo muda, y que mis cuerdas, agarrotadas, reposan destensas. Desgarradas de tanta prisión, de hacer de barrotes para callar mi voz, en vez de gritar conmigo. Se acerca el verano y a mí nadie me dijo que con Sol también llovía. Observo las farolas con las cuencas, sin pupilas, y no veo en ellas más que velas que brillan por inercia. Pero no es auténtico, no es real, tiene luz pero no tiene alma. Se la ha llevado este mar cruento, sin adiós, sin nada. De sombras.
Ya dije que no me queda aliento. Y mis piernas no caminan, ni llevadas por el viento que ayer me alimentaba las entrañas y hoy me seca por dentro. Tengo los pies penitentes de un camino de punzantes cristales, y ahora, todavía más rotos, no gozan de planta para ser ellos mismos.
Ya dije que no me queda aliento. Lo repito como en una eterna condena en la que yo misma me metí, esperándola inocua, y hoy, autora de mis lágrimas, me desgarra los candados de mi caja de pandora. Y entre monstruos vivo, los de dentro del armario y debajo de mi cama, y no me queda voz para pedir ayuda, ni gritos, ni Ser, ni aliento.
Ni alma.

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