Los Nocturnos de Chopin me llevan de vuelta al pasado. Como cuando Bécquer y sus Rimas constituían mis lecturas de mañana, tarde y noche. Parece que el op. 9 nº 1 fuera la Rima I, y mis palabras, como las de cualquiera, quedaran aplastadas por un maremoto emocional. Recuerdo el arpa becqueriana como una constante sucesión de arpegios descendentes, como la bajada que me tumba en el nº 2. Y así, sucesivamente, con cada uno. Rubinstein entre notas, como mi padre lo era entre versos. Cada uno en su recital, en su mundo expresivo. Echando su aliento entre silencios, de negra, de comas... Desde luego, en aquellos tiempos, años o cuando fuera me inundaba un espíritu romántico de revolución personal, con la cabeza llena de pájaros que volaban entre aspiraciones. Ahora, sin embargo y quizás por suerte, es otra la forma de cambio que me llama. Mi cabeza, antes desarraigada, busca y sabe qué busca. Aunque no concretamente. Sabe que quiere la meta del final del camino, sin saber cómo este acaba. No le importa. No le importa el precipicio, la eterna caída. No le importa morir por buscar la vida. ¡Ah!... Parece mentira que tenga suficiente temple como para tacharme a mí misma de ingenua; hace tiempo esto hubiera sido impensable.
"Morir por buscar la vida". ¡El ser maduro es aquel que vive por una razón noble!
Todavía miro con tristeza a los mismos lugares desde que me até con cadenas a no sé dónde. Me recuerdan las mismas cosas, las mismas luchas, con la misma confusión. Y sé, sin embargo, que mi aura es casi radicalmente distinta, que he crecido para dentro y que he llenado de flores descampados de ignorancia. Evolución personal, "revolución" la llamaba. Comprendí que lo que buscaba era la vida, y entre tanto, vivía, a veces sin saberlo. La ignorancia de ayer me despierta ternura, como si nos separase un abismo.
Como en el eterno retorno de Nietzsche, parece esto la misma vuelta. Parece, de verdad, una reminiscencia sembrada con otro rostro, que me mira fingiendo ser nueva. ¿Son estas las mismas preguntas, las que ayer colmaban mi cabeza? Sinceramente, no lo sé. Y me despierta una curiosidad intelectual y personal que me rebosa cual vaso lleno hasta los bordes, y sin embargo, no conozco más dirección para avanzar que el hecho de probar, sin rumbo, sin conocimiento.
Sin embargo, y a pesar de todo esto, tengo una semilla sembrada que sé, seguro, que me conducirá por buenos bosques, una gota de agua que hoy se hace notar porque grita, porque ha clavado su presencia en el suelo al que tanto miro. Quizás es esta pequeña esencia la que hoy me hace algo distinta, algo mejor, más sabia, más... mía. Hace tiempo buscaba mil aspiraciones con una fuerza eufórica, una energía fruto de mis recién desplegadas alas en este montículo, con deseos gigantes. Hoy, al contrario, miro hacia la pequeña meta, con la misma ignorancia que en aquellos recuerdos tenía, la ignorancia de desconocer lo pequeño, lo que lleva a uno a la lejanía. Todo ha pegado un giro, ¿copernicano? A lo mejor. Lo que antes era esencial y para mí era marciano, ahora es, no solo la raíz, sino también conocido. Evidente, claro y distinto. Es la base filosófica de un método cartesiano. E insisto, de verdad, en que ahora, lo que he olvidado, es esa meta que me lleva lejos, el fin último que antes veía.
Al menos camino hacia dentro. La única búsqueda es encontrarme, luego... no me queda tiempo, ni ganas, ni nada... Hoy ya no me quedan eslabones que me unan al desarraigo.
"Morir por buscar la vida". ¡El ser maduro es aquel que vive por una razón noble!
Todavía miro con tristeza a los mismos lugares desde que me até con cadenas a no sé dónde. Me recuerdan las mismas cosas, las mismas luchas, con la misma confusión. Y sé, sin embargo, que mi aura es casi radicalmente distinta, que he crecido para dentro y que he llenado de flores descampados de ignorancia. Evolución personal, "revolución" la llamaba. Comprendí que lo que buscaba era la vida, y entre tanto, vivía, a veces sin saberlo. La ignorancia de ayer me despierta ternura, como si nos separase un abismo.
Como en el eterno retorno de Nietzsche, parece esto la misma vuelta. Parece, de verdad, una reminiscencia sembrada con otro rostro, que me mira fingiendo ser nueva. ¿Son estas las mismas preguntas, las que ayer colmaban mi cabeza? Sinceramente, no lo sé. Y me despierta una curiosidad intelectual y personal que me rebosa cual vaso lleno hasta los bordes, y sin embargo, no conozco más dirección para avanzar que el hecho de probar, sin rumbo, sin conocimiento.
Sin embargo, y a pesar de todo esto, tengo una semilla sembrada que sé, seguro, que me conducirá por buenos bosques, una gota de agua que hoy se hace notar porque grita, porque ha clavado su presencia en el suelo al que tanto miro. Quizás es esta pequeña esencia la que hoy me hace algo distinta, algo mejor, más sabia, más... mía. Hace tiempo buscaba mil aspiraciones con una fuerza eufórica, una energía fruto de mis recién desplegadas alas en este montículo, con deseos gigantes. Hoy, al contrario, miro hacia la pequeña meta, con la misma ignorancia que en aquellos recuerdos tenía, la ignorancia de desconocer lo pequeño, lo que lleva a uno a la lejanía. Todo ha pegado un giro, ¿copernicano? A lo mejor. Lo que antes era esencial y para mí era marciano, ahora es, no solo la raíz, sino también conocido. Evidente, claro y distinto. Es la base filosófica de un método cartesiano. E insisto, de verdad, en que ahora, lo que he olvidado, es esa meta que me lleva lejos, el fin último que antes veía.
Al menos camino hacia dentro. La única búsqueda es encontrarme, luego... no me queda tiempo, ni ganas, ni nada... Hoy ya no me quedan eslabones que me unan al desarraigo.
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