"Tú no lo ves, pero está ahí"

Te juro que no me lo invento. Las esquinas, las esquinas son todas, oscuras, vivas, acuosas. Los picos son constantes, los que caen y se te clavan, los que te esperan alzados. Yo sé que tú no puedes verlo porque tus ojos, afortunadamente, no viven en un mar de sombra, y tu Sol hace de la noche el día... y así. Vives como en un bienestar continuo. Me encanta. Me fascina. Yo, por mi parte y por lo menos ahora mismo, tengo como horizonte mis propios pies, encadenados a una cueva que parece mentira. Pero ya te he hablado de sus rincones, ¿bien? Ahora, prosiguiendo, te voy a narrar el eco de los murciélagos que salen en masa, sin horario ni sentido.

Es un sonido en blanco. Parece que te acostumbras cuando en realidad acecha a cada segundo, y nunca sabes cuándo empieza exactamente. Estás tranquilo, tranquila, hasta que en un momento dado te percatas de que todo cuanto te rodea es ruido. Es como un interruptor invisible que pone en marcha toda una fábrica de residuos... , una fábrica oxidada y obsoleta que sin embargo funciona como un imperio de sobreproducción autoritario y retrógrado. El caso es que, además, este "monstruito subconsciente" es un oportunista nato. Busca cualquier perfección, cualquier resquicio de sí mismo para hacerse enorme con una agilidad sorprendente. Es, cuanto menos, curioso. Y en cierto modo positivo, ¿no? Se comporta tan desesperadamente que parece moribundo. Y entiendo que todo, incluso lo ficticio, lucha por preservar su existencia, incluso cuando ya es absurda y no aporta nada... pero, aunque parezcan largos, me temo que le quedan dos telediarios. Y aun con todo, cómo lucha el cabrón.

La clave está en dejar que se pegue solo.

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