Cuando el sistema te aliena...

Hacía mucho tiempo que no era domingo. De hecho, el último no lo recuerdo, no al menos como un día de la semana, sino como una masa gris de niebla tupida que me tapaba el ser. Hoy, sin embargo, hace un Sol espléndido, y el cielo tiene un azul de única pincelada. Ni siquiera los aviones han osado mancharlo. Mis padres, tras mucho tiempo, han salido a dar un paseo, y vuelvo a escuchar silencio, ¡por fin! En mi mundo y fuera de él no había más que gritos. Y entre tanto infierno me había perdido, como entre una multitud de quehaceres. Hasta hoy.

Tengo miedos, todavía, claro. Pero soy yo, estoy conmigo, y me siento libre para decidir sobre mi vida. La incertidumbre vuelve a ser mi alimento. Cómo me había echado de menos... Como una niña, lo prometo. Me miraba al espejo para buscarme, porque solo en mi cuerpo encontraba un yo, y en cuanto retiraba la vista volvía al caos del orden extremo. Ahora camino con mis propias piernas.

Curiosamente, y a mi corta edad, puedo divisar cual pirata en su popa un modelo de vida que me aterra, porque me aliena y me enajena hasta la muerte en vida, no menos. Horarios, horarios, explotación, horarios, horarios, más explotación, deber, deber, compromiso, yugos y más yugos. ¿Dónde quedo yo en mi propia rutina? Pues tal que así se me obliga a mantenerme como si tal cosa fuera la correcta, y se me agarra con las esposas del futuro estos pies, ansiosos de caminar, y caminar, y más caminar. Mi curiosidad queda anulada por un par de libros, de números (siempre de números) y de seres superiores que, en algún caso, me gritan qué y cómo debo ser y hacer, y en el resto, se compadecen, me entienden y me recomiendan que, al menos por ahora, me resigne. Yo no se lo echo en cara, lo aprecio. Valoro toda muestra de empatía, símbolo de que por lo menos, aunque su Dios (el sistema, al que se subyugaron) no lo haga, me ven como el ser humano que soy. Aunque mientras me inyecte información en vena me haya convertido en una máquina. Yo, sin embargo, de mente inquieta, le doy vueltas cuando menos me conviene a todo este embrollo. No llego a los 20 y presencio sin elección el futuro que tanto y tan bien me venden. ¡Grados, másteres, oposiciones, trabajo, trabajo, trabajo, trabajo, hijos, vejez, planes de pensiones, residencias, seguros de vida (muerte) y hermosísimos nichos! Parece irresistible hasta que lo miras con los ojos. "Bienvenida al nuevo imperativo categórico, pequeña larva del trabajo". Va cayendo en mí una sutil lluvia de valores y culpas, de represión psicológica, de nuevas tuercas que me ajustan a la talla de pensamiento requerida, que es poca, si no nula. Poquito a poco, no me entero y además, lo proceso.

Y yo, a mis amados compañeros de trabajo (que están más arriba en la pirámide, sí. Pero como yo soy una histérica de la igualdad, me temo que les quiero tanto como a los que desempeñan mi misma tarea), les pregunto: ¿resignarme, hasta cuándo? ¿Hasta el mes de junio? ¿Vivir tres meses de un amago de libertad dieciochesca para después volverme a encerrar en aulas más grandes, con otras gentes, y seguir trabajando? ¿Dónde, y lo más importante, cómo y cuándo acaba la resignación? Porque queridos, vosotros, hoy mismo, compañeros y compañeras, quizás, y solo quizás, vivís también resignados. No pretendo lanzar una acusación de tal calibre sobre personas tan buenas y profesionales, ni pretendo echaros en cara lo que hacéis para ganaros el pan. Sólo digo que este sistema, que nos tiene a todos y a todas cogidos por los pelos, puede agacharnos la cabeza con un dedo, y hacernos pensar que lo que tenemos es un dolor de cervicales. Podéis ser felices con vuestro trabajo. ¡Desde luego, y cuánto os lo deseo! Para empezar, porque el gran poder que tenéis de cambiar poco a poco a los hijos de la sociedad es ya, en sí mismo, algo precioso, así como la capacidad para aprender de todos los que nos sentamos enfrente de vosotras/os, etc etc etc etc. Qué os voy a decir yo, mera aprendiz de mosca cojonera del sistema. Pero éste es listo, muy listo, más audaz que todos nosotros juntos. Que todas nosotras juntas, mujeres mías. El sistema no sólo nos enajena con una explotación horaria fuera y dentro de las aulas correspondientes, sino que nos droga a base de aspiraciones para rompernos los sueños propios, nos hace creer que la vida es llegar a una cúspide para luego caer hasta la muerte, a parir como Dios nos mande y a depender de todo el que pasa por nuestro camino.

Y bien, ¿cuál era tu estado de naturaleza y dónde lo perdiste, sino total, parcialmente? Porque yo, a mis menos de 20, veo cómo, en cuanto me despistAN, desaparezco en su agujero negro de deberes, y solo cuando gozo del tiempo y la liberación mental precisas, me siento en mí, como si fuera yo, de nuevo. Y yo, que soy una joven a la que le quedan muchos años por delante (se supone), tengo todavía esta capacidad para elegir si me quiero morir de hambre o de asco. Pero... ¿y tú? ¿También dependes tanto de este monstruo que tenemos por padre?

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