Me pregunto qué estará pasando en la otra punta del mundo. Y a mi antípoda si la hay. Me pregunto qué está pasando aquí, al otro lado desde el otro lado, aquí mismo en este mismo instante. Y bien: ¿qué está pasando? Qué ocurre... yo tampoco lo sé. Paseamos, tratamos de cruzar los semáforos en rojo para no esperar unos segundos más, y ahora que la primavera se nos cierne, pasamos al lado y por debajo de unos almendros en flor que parece que nos miran y son ignorados al mismo tiempo. Miramos sin fijarnos a tantas personas... las que nos adelantan o se nos cruzan, algunas conocidas, queriendo y sin querer; otras por conocer, y algunas... ojalá las hubiéramos conocido antes, o después. Pero ojalá las hubiéramos conocido. Y sí, las calles nos parecen desiertas cuando buscamos a alguien, y llenas de ruido cuando nos buscamos a nosotros. El silencio nos queda demasiado lejos. Ni siquiera en nuestras casas... Se ha ido, ha desaparecido por entre las pantallas y los mundos artificiales que nos impiden no temer a la oscuridad. Y lo anhelamos porque nos calma, nos depara al único lugar en el que exactamente queremos estar cuando sabemos que pasa algo.
Pero ojalá pasara algo, y ojalá lo supiéramos. Ojalá miráramos a los almendros en flor y sus lágrimas de esperanza cayendo lentamente, ojalá estuviéramos más pendientes del disfrutar del hecho de no ir a ninguna parte en vez de aventurarnos al mundo hostil de la carretera, ojalá el riesgo se produjera por diversión y no por impaciencia. Ojalá tratáramos de conocer a la persona que nos adelanta, a la que se nos cruza, a la niña que mira a su madre como una diosa, e intentáramos sacar de su móvil al joven, la joven, el viejo o la vieja que lo estuvieran mirando olvidando que, no sólo hay mundo además de ese mundo, sino que éste es el verdadero, en el que viven y del que pueden disfrutar. Ojalá nos diéramos cuenta de algo, de una sola cosa. El silencio volverá cuando ocurra algo, y en esta realidad tan peculiar, siempre ocurre algo.
Qué bonito será el día en que realmente despertemos.
Pero ojalá pasara algo, y ojalá lo supiéramos. Ojalá miráramos a los almendros en flor y sus lágrimas de esperanza cayendo lentamente, ojalá estuviéramos más pendientes del disfrutar del hecho de no ir a ninguna parte en vez de aventurarnos al mundo hostil de la carretera, ojalá el riesgo se produjera por diversión y no por impaciencia. Ojalá tratáramos de conocer a la persona que nos adelanta, a la que se nos cruza, a la niña que mira a su madre como una diosa, e intentáramos sacar de su móvil al joven, la joven, el viejo o la vieja que lo estuvieran mirando olvidando que, no sólo hay mundo además de ese mundo, sino que éste es el verdadero, en el que viven y del que pueden disfrutar. Ojalá nos diéramos cuenta de algo, de una sola cosa. El silencio volverá cuando ocurra algo, y en esta realidad tan peculiar, siempre ocurre algo.
Qué bonito será el día en que realmente despertemos.
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