He vuelto al papel. No es que os esté privando de mis pensamientos y mis dudas, qué va. No os perdéis nada. Y no es falsa modestia, simplemente, fue la noche pasada cuando tomé esta decisión, reconfortante, por cierto. Pero ayer, cuando cogí entre mis manos a no tan altas horas de la madrugada el boli de siempre, azul, de tinta líquida, y empecé a deshojar el cuaderno, a mancharlo y a limpiar mi mente a cambio, me percaté -entre otras mil cosas- de cuánto echaba de menos esa sensación. ¡La había olvidado, qué insensatez! Me dio mucha rabia. Bueno, rabia, y confort a la vez, porque había recordado.
¿Sabéis qué me pasa? Que tengo muchísimo que decir y compartir, y me siento incapaz porque soy incapaz. Sí, pensaréis que me estoy engañando y que si la baja autoestima y todo eso, pero no voy por ahí, dejad que me explique (o que lo intente). No acuden a mí las palabras. Es eso, simplemente eso. Vivo en una especie de silencio continuo. Y es bueno, Buda me hablaría de la paz interna, y otros me tacharían de enferma. Pero no es exactamente esa clase de silencio. Simplemente soy capaz de expresar -y sólo a veces- dudas con la palabra, pues todas mis conclusiones van tan deprisa que el habla no las alcanza, son como pensamientos fugaces que recorren mi mente persiguiéndose los unos a los otros, sin sentido, sin fin, con tal de destronarse mutuamente en mi escala de valores. Digamos que soy una nebulosa conceptual. Eso me pasa por meter las narices en la filosofía, el único estudio que aporta preguntas en vez de respuestas. Y me da miedo, es como tirarme por la madriguera del conejo blanco, repleta de muebles sin gravedad ni orden, sin concierto, que te miran preguntándote: ¿y tú que haces aquí, atrevida joven? ¡Nosotros estamos atrapados! Porque la filosofía no está hecha para personas arraigadas a sus convicciones, que según Nietzsche son una cárcel, la filosofía te pide fluir con ella a su velocidad para que no te pierdas ahí, en la salita a la que cae Alicia, donde ella debe ser la que cambie, la que se adapte a la puerta y no al revés. ¡Madre mía!
*Se hace el silencio.*
En resumen, me cuesta mucho escribir una argumentación hecha y derecha, me lío, me voy en exceso por las ramas y acabo perdiendo el hilo de mi propia conversación interior. No obstante, os dejo mi primer escrito a mano en la siguiente publicación, con sus líos y sus nudos accidentales.

Y por cierto, agradezco encarecidamente vuestra lectura, la de quien sea, aunque no sea la de nadie.

Comentarios