Madrid es el París de mis sueños. O quizá sea París el Madrid de mis sueños. A saber.
Nos llaman locos, soñadores, a aquellos que tenemos a la noche por diosa y a la luna por ídolo.
Nos llaman locos, quizá románticos, a aquellos que paseamos solos recitando a Bécquer por este Madrid sin dueño.
Nos insultarán, seguro, a los que bailamos en silencio los sonetos de Alberti, las canciones de Lorca, o incluso las obras del siempre madrileño Galdós.
Nos odiarán, marginarán, a los que vemos al Prado como el Olimpo de la pintura. Y al Thyssen y su reciente exposición de Hopper.
Nos apartarán la mirada, la cara, a aquellos en los que en los veranos siempre abrasadores vayamos cada domingo al Retiro a escuchar un poco de buena música.
Nos vomitarán con su inexistente educación a los que el frío nos acaricia, y la lluvia es aquella que esparce su presencia por el Paseo del Prado.
Y quizá lo hagan porque nos consideran diferentes, ellos, los iguales de Juan Ramón Jiménez, los que nos repudian con su sola existencia.
Pero no hay peor locura que estar cuerdo, ni peor sufrimiento que no amar.
Qué pena que no podáis sentir como nosotros sentimos, amar como nosotros amamos, vivir como vivimos, disfrutar como disfrutamos.
Qué pena que sea para vosotros la vida el polvo que sopláis con vuestros pulmones de odio.
Qué pena, de verdad, que creáis que es el tiempo vuestro verdugo.
Ojalá algún día os dignéis por saber, aprender, abandonar vuestro mundo de monotonía e ignorancia, y podáis vivir la vida como nosotros, los distintos, la vivimos.
Tengo esperanza, creerme, porque la imposibilidad es sólo para los que creen en ella.
Y repito que no hay peor locura que estar cuerdo. Federico tenía razón.
Nos llaman locos, quizá románticos, a aquellos que paseamos solos recitando a Bécquer por este Madrid sin dueño.
Nos insultarán, seguro, a los que bailamos en silencio los sonetos de Alberti, las canciones de Lorca, o incluso las obras del siempre madrileño Galdós.
Nos odiarán, marginarán, a los que vemos al Prado como el Olimpo de la pintura. Y al Thyssen y su reciente exposición de Hopper.
Nos apartarán la mirada, la cara, a aquellos en los que en los veranos siempre abrasadores vayamos cada domingo al Retiro a escuchar un poco de buena música.
Nos vomitarán con su inexistente educación a los que el frío nos acaricia, y la lluvia es aquella que esparce su presencia por el Paseo del Prado.
Y quizá lo hagan porque nos consideran diferentes, ellos, los iguales de Juan Ramón Jiménez, los que nos repudian con su sola existencia.
Pero no hay peor locura que estar cuerdo, ni peor sufrimiento que no amar.
Qué pena que no podáis sentir como nosotros sentimos, amar como nosotros amamos, vivir como vivimos, disfrutar como disfrutamos.
Qué pena que sea para vosotros la vida el polvo que sopláis con vuestros pulmones de odio.
Qué pena, de verdad, que creáis que es el tiempo vuestro verdugo.
Ojalá algún día os dignéis por saber, aprender, abandonar vuestro mundo de monotonía e ignorancia, y podáis vivir la vida como nosotros, los distintos, la vivimos.
Tengo esperanza, creerme, porque la imposibilidad es sólo para los que creen en ella.
Y repito que no hay peor locura que estar cuerdo. Federico tenía razón.
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