Llevo casi medio año sin verte. Se dice bien... medio año. Y sólo nos miramos por tres palabras y un suspiro. Eso, al menos, por tu parte.

-No pasa nada, encontraré a alguien como tú.- Se decía a sí misma todos y cada uno de los días de su vida.
Pasaban primaveras, veranos, otoños e incluso inviernos. Aún no sabía si era el frío o el calor lo que le impedía verle. Pero todas las mañanas, nada más levantarse de la cama, desnuda ante la realidad, hacía esfuerzos por levantar la mirada y asomarse a la ventana de su cuarto, buscando sin esperanza en aquella ciudad siempre lluviosa algún rastro de su existencia bajo todos y cada uno de los paraguas que su vista alcanzaba ver. Pero nunca estaba. Sus manos, su ropa, sus pasos... él no caminaba de esa manera. Tampoco vestía, y no era de tez blanca. Tampoco de tez morena. Él siempre caminaba cual árbol fornido, aguantando cada tempestad, decidido, valiente, seguro, alegre... Pero esta vez la vida había apagado sus virtudes, porque ella no conseguía verlo. O quizá la lluvia, no importa. En lo único que pensaba era que no lo  veía, que se había ido de verdad, que no estaba ahí, a su lado, con ella. No le sentía vivo. Los diarios que había escrito buscando consuelo tenían más lágrimas que palabras en ellos. Se había acabado el papel, la tinta. Sólo quedaba la esperanza. Únicamente eso. Y no la perdía; es más, la aferraba a su mano, cada día con más fuerza, porque era lo único que tenía. La vida era un saco de piedras que arrastrar. Federico García Lorca no era suficiente. Tampoco lo eran sus palabras, ni su odio a Nueva York. La ciudad estaba triste, muerta, porque él había dejado de llenar las calles de vida. Los gatos negros habían dejado de dar mala suerte, y la luna no era romántica porque, simplemente, no estaba. Las noches eran cada vez más oscuras. Y el sol estaba apagado, moribundo, cobarde, escondido. Sólo llovía. Y ella sabía que él no era las gotas que golpeaban el suelo bruscamente. De haber sido así, nadie llevaría paraguas. La vida no sería triste. Sería vida. La monotonía de los días estaba empezando a no ser normal, pero ya nada le parecía extraño. Apenas comía, no tenía hambre, no sentía calor. Quería dormir, aunque sabía que ni los sueños le consolaban. Y los recuerdos habían dejado de tener valor alguno. Todos eran lejanos, y no sentía su olor, su voz, su sonrisa. Recordar no servía de nada, porque los recuerdos no evocaban nada... absolutamente nada. Ella decía que ya no sentía. Se entristecía cada vez que se daba cuenta de ello, y nunca pensaba en que esas lágrimas provenían de un sentimiento.
El tiempo volaba, aunque ella pensara que se había parado porque la vida no continuaba. No trabajaba, no estudiaba, apenas leía. No salía a la calle para comprar papel, tinta. Casi nunca salía, y menos de sí misma. Habían pasado años desde la última vez que miró por la ventana. Ya no miraba, porque nunca le iba a ver. O al menos eso decía. No valía levantar la mirada, porque no había nada que observar. Las gentes de la ciudad no cambiaban. Él no estaba. Ella le oía decir cada vez que tenían que despedirse: -Volveré.- Y siempre lo cumplía... pero hacía décadas que aquella promesa se destrozó por completo.

Despertó. Habían pasado de una noche para otra otros treinta años. Y aún seguía con las sábanas cosidas al cuerpo. Miró por la ventana. Hacía sol. No había paraguas, tampoco lluvia. Aunque la vida fuera una eterna tormenta. Salió a dar su último paseo en su busca. Recorrió avenidas, callejones, y fue en la última calle donde apareció. Era él, después de tantísimo tiempo. Se acercó tan rápido como pudo, y le dijo: -Soy yo, ¿no te acuerdas?-. Y su respuesta no fue más que: -No puedo acordarme de alguien a quien no he visto en mi vida. Lo siento.- Triste, muerta, destrozada, peor que nunca, volvió a su apartamento. -Te pedí que no me olvidaras, y me respondiste que volverías, pero... ¿cómo vas a volver si nunca estuviste? La vida que creí que me habías dado era mentira.- Tiró la esperanza al suelo y cerró en su cama los ojos para no volverlos a abrir.

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