La espada y la pared
Dos voces se intercalan generando un espacio común de vida. Una de ellas gira en círculos mal trazados con los ojos clavados en el techo, y mira de un lado para otro, surcando toda la habitación en menos de un segundo, desprendiendo un aire a veces frenético, otras veces calmado, resumido en una esquizofrenia sin rumbo. La otra acompaña con un soplo de cordura, un leve aire solemne que empapa las paredes con un rocío de protección.
Gira la una, de nuevo.
La otra, armoniza.
-¡Sácame de aquí!- Sus fuerzas expiran con cada viaje hacia los agudos.
-Descuida, que te meces en mis brazos.
Pero la mente que vaga y se pierde, la misma que se adentra en el océano de la obsesión, es al mismo tiempo la única que tiene en sus manos el poder salir de ella.
Finalmente, concluye.
Gira la una, de nuevo.
La otra, armoniza.
-¡Sácame de aquí!- Sus fuerzas expiran con cada viaje hacia los agudos.
-Descuida, que te meces en mis brazos.
Pero la mente que vaga y se pierde, la misma que se adentra en el océano de la obsesión, es al mismo tiempo la única que tiene en sus manos el poder salir de ella.
Finalmente, concluye.
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