Memoria
"La tierra no es redonda:
es un patio cuadrado
donde los hombres giran
bajo un cielo de estaño.
Soñé que el mundo era
un redondo espectáculo
envuelto por el cielo,
con ciudades y campos
en paz, con trigo y besos,
con ríos, montes y anchos
mares donde navegan
corazones y barcos.
Pero el mundo es un patio
(un patio donde giran
los hombres sin espacio).
A veces, cuando subo
a mi ventana, palpo
con mis ojos la vida
de luz que voy soñando.
Y entonces, digo: "El mundo
es algo más que el patio
y estas losas terribles
donde me voy gastando".
Y oigo las colinas libres,
voces entre los álamos,
la charla azul del río
que ciñe mi cadalso.
"Es la vida", me dicen
los aromas, el canto
rojo de los jilgueros,
la música en el vaso
blanco y azul del día,
la risa de un muchacho...
Pero soñar es despierto
(mi reja es el costado
de un sueño
que da al campo).
Amanezco, y ya todo
(Un patio bajo un cielo
de fosa, desgarrado,
que acuchillan y acotan
muros y pararrayos).
Ya ni el sueño me lleva
hacia mis libres años.
Ya todo, todo, todo,
Un patio donde gira
mi corazón, clavado;
mi corazón, desnudo;
mi corazón, clamando;
mi corazón, que tiene
la forma gris de un patio.
(Un patio donde giran
los hombres sin descanso)."
Marcos Ana
Tras la muerte guarda uno silencio. Un minuto, varios en caso de aflicción, y recuerda el nombre, los ojos y las arrugas (o muecas en su defecto) del ser de quien se despide.
Acude lento a su cadáver, reposando,
y lanza una mirada a los ojos ya cerrados
que invitan a un verso que selle sus párpados,
y a una sonrisa, o lágrima, o llanto.
Descansan sobre el muerto dormidas sus manos,
gélidas, rugosas por el tiempo pasado,
y el vivo en un intento de calor humano
cae sus dedos por los nudillos agrietados.
Acto seguido, despedidos tantos años,
camina sin latidos, con los pies emplomados,
la cabeza en el suelo y la mirada en el pasado,
el que "apenas" ha vivido y sigue disfrutando
de un Sol que a veces brilla como otras sale en vano,
que a veces ilumina y otras ciega por ver tanto...
El vivo, lentamente, continúa caminando
y traza su sendero con mil pinturas en mano,
y ahora, ante el horizonte inacabado,
pinta la línea ausente con pulso milimetrado
y crea un paisaje de esencia más plena
que permita crecer, siempre recordando.
La utopía debe ser la luz de nuestros pasos,
con el cielo siempre lejos, pero siempre caminando.
En un lugar sin memoria, en un presente que tiene su cuna en una cuneta, no nos queda mayor deber que buscar sin cese picos y palas para arrancar de la tierra nuestras propias raíces. Y aquellas y aquellos que sufrieron la miseria, la cárcel, que fueron condenados en esencia y que aun así continuaron su lucha, son a quienes necesitamos para reforzar los hilvanes de nuestra historia, los que hoy cortan desdeñosamente las almas infames con tijeras de olvido.
Nos quedan pocas vidas y algunos libros. Pero recordar, de la misma forma en que el detective reúne las pistas que encuentra, es nuestra última arma. Y el día en que podamos comprender de dónde venimos, entenderemos quiénes somos, y podremos encaminar nuestra futura identidad. Y ese día, por fin, ya no habrá silencio, ni tierra que cubra, ni manta que entierre, ni cuneta por cuna... ese día, la alienación habrá terminado, y todos seremos.
En memoria de Fernando Macarro (Marcos Ana), que hoy nos deja aunque lo necesitemos.


Comentarios
Publicar un comentario