Muebles con carácter

Como todos los viernes, hoy se van las personas un poco antes a dormir. Otras muchas, quizás la mayoría, se esconden como gatos en la noche para seguir despiertos. A mí esto, no sé por qué, me recuerda a un jueves un tanto tardío, como si a la mañana siguiente fueran a repetir la liturgia de arrancarse perezosas las sábanas del cuerpo, y caminar torpemente hacia el lavabo en busca de agua fresca. Yo, como todas las noches, me quedo sola en mi sofá, recreando para mi deleite -o masoquismo, a veces- realidades cotidianas que pueden disfrazarse de insólitas. Miro a los muebles con cierto aire existencialista y les pregunto cuánto habrán visto, y su respuesta ausente, callada como siempre, propicia mi rutina imaginativa e inconsciente.


Si los muebles tuvieran voz serían peligrosos. Inconvenientes, quizás, para todas aquellas mentes que impusieran guardar silencio. Si tuvieran voz, además, gozarían también de una personalidad a priori en serie, que después, aclimatada a cada casa, cambiaría ligeramente, en función de la temperatura y la decoración -para ellos abalorios- con la que se los adornara. Entonces, ya vestidos con sus galas, los habría con una jerga engolada y verso tradicional, que contarían sus aventuras -y las de sus compradores- en cuartetos y serventesios. Otros, más minimalistas, serían sencillos como su diseño indica, y narrarían con concisión lo justo y necesario, con frases no demasiado largas pero debidamente conectadas. Además, los habría de temperamento variado, según el color de su piel, que si bien es muchas veces blanco, otras se torna potente e incluso agresivo, bajo teces chillonas o simplemente fuertes. En este caso, y en un contexto visual -para ellos social- inadecuado, podrían resultar chirriantes. Pero al igual que las personas, su valor y potencial sería igualmente considerable, solo que incomprendido. Lo que sí está claro -y en esto tenemos mucho que aprender de ellos- es que estos objetos no dudarían de su propia valía, sino que esperarían pacientemente a ser colocados en el lugar correcto.
Nosotros, los humanos, siempre andamos buscando semejanzas y otorgamos atributos propios a lo que se nos parece mínimamente, y a lo que no. De ahí que sea razonablemente contradictorio, al menos en principio, que estos objetos a los que intentamos denominar seres tengan la cualidad del lenguaje impregnada, así como el carácter, sin andarse juzgando entre ellos y a sí mismos. Es posible, incluso, que piensen en nosotros como criaturas verdaderamente extrañas. Y tendrán razón. Y por este motivo no puedo sino suponer que lo que sus pieles -porque ojos, que sepamos, no tienen- han presenciado ha podido ser, cuanto menos, curioso, pero también inquietante. Accederíamos a un conocimiento de nosotros mismos al que por humanos no tenemos acceso.
En suma, es probable que estos observadores natos de envergaduras variadas tengan mucho que contarnos... posiblemente todas aquellas cosas que, por tener ojos, no queramos ver.

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