Petra Von Kant.

Bill Evans al piano.
Mil novecientos cincuenta y nueve.
"Joder, nos estamos muriendo."
Se cae a cachos, le corta las venas la trompeta.
No le queda aliento ni para callarse.

Saluda el charleston. El contrabajo susurra cuartas descendentes. Todo es por inercia. Y por no ser, nada es.
-Nos estamos muriendo.- repite. Repite. Repite. Todo. Todo (se) repite.
Se agacha, se sienta y no siente las piernas.
"¿Piernas? ¿Qué piernas? Estoy descompuesta".


Sutil escala mayor, la que se asoma.
"Vaya", ríe con ironía.
-Ahora parece que hay vida pese a la decadencia.
Después, antes. No. Antes no. Entre medias, mejor. Cuando no hay trompeta.
-Oh, mis non legato, tresillos de semicorcheas. Ingenuos. Todavía siento el tempo. Todavía late esto a lo que llaman corazón, que lo noto bien podrido, por estar.
Vuelve la trompeta. La flauta no camina sola.
Y se calla todo.

Qué asquerosamente dulce es la adicción que le recorre. Como quien, apuñalada, sonríe. El vibrato, el vibrato. Y ella, que no quiere parar. Que se aferra al bucle tóxico del vaivén de su cuerpo al son de una música que quiere ser arrítmica, pero no puede.
Sonríe.
Mira el cenicero.
Se tumba.
-Parqué... tu frío me reconforta. Gracias. Todo está lleno de vida y yo no puedo sino repudiarla. Tú me entiendes, ¿verdad? A ti también te pisan.

Le duelen las cenizas, que no son las suyas.


No sabe qué quiere. No lo necesita, tampoco quiere querer.
-Para qué. ¿Para qué? Si todo se esfuma cuando me fijo en ello.

Agoniza en silencio.

-¡Que me maten un rato! Un rato, por favor, hasta que se esfume este jazz de muerte que me agita las entrañas.

Necesita cortar. Le pide el alma levantarse, acelerar el metrónomo.
-¡Levántate, presto! Te estás muriendo, ¿no lo ves? ¿Vieja loca? ¿Humana putrefacta? ¿No ves cómo te deshaces en el fango de tu propio llanto? ¡Sola, que mueres sola! ¡Que todos te dejan! ¡Vete de ti! Y de mí, que no quiero ser...

Llora.

-¡Maldita trompeta! ¡Calla tu musitación! No haces más que fingir que eres algo. Te odio. Te odio. Pero tú... tú no tienes derecho a ser, ni a hacerme cuanto y como me haces. Vete. Vete, te lo pido desde este suelo que sí me aporta, que me enfría la sangre. ¡Deja de encenderme! ¡Quiero morir silenciosa!

"Soy masoquista, masoquista, masoquista. Me estoy desangrando con mis propios cuchillos".

-Vale. Para, ya basta. Déjalo ya. Tú. Sí, tú. Yo.
Apaga el cigarro. Se levanta con pausas exasperantes.

"Mira, ya estoy de pie. Yo, que tanto decía que no tenía piernas. Que no avanzaría.
Estúpida. Muerta de asco".

Se acerca al gramófono, en sus últimos suspiros, y levanta la aguja con cierto cuidado. Guarda el vinilo, lo devuelve a su sitio.

-Y por fin es hora de que yo, por todos conocida y por dentro sin nombre, camine hasta los remos de Caronte, con los hombros ligeros.

"Primero, primero, cuarto, primero, quinto, primero. Las mismas cadencias. Seguid", le dice a las trompetas de Glenn Miller.

Se hace el silencio, de nuevo.

-Todo se acaba. Todo se va. ¿Ves? Te lo dije, te lo dije y te lo vuelvo a decir, ingenua, ignorante. Deja de aferrarte a la vida.




Apaga la luz.



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