Me siento frente al fuego. Me encojo de piernas, me cobijo en mis propias rodillas y contemplo mi único horizonte, las cenizas que huyen de la hoguera. La noche es larga y yo soy pequeña, pero me tengo por momentos, creo. Al menos me queda lo humano. Al menos, aquí, donde todo parece quemado, sé que todavía puedo beber un poco de agua, mirar a las estrellas, pensar que pese a toda la verdad que me han contado, existe la mía, la que no sé y que ando buscando. Mis pies parecen de escarcha. Hace viento. Los árboles se mecen rendidos ante la Luna, que nos mira, a ellos y a mí, penetrante. Las hojas caen, caen, se mecen hasta llegar al suelo, que es nuestra cuna. Es aquí donde las ricas dormimos. Donde apoyamos la cabeza para atrapar un poco de sueño y soñar, otra vez, aunque no sea despiertas. No importa. Aquí se trata de ser como el Universo y expandirnos en nuestro espacio, que es nuestro mundo... que es infinito. Que crece sin envejecer, que por una vez se hace más grande sin volverse más frío, que forma una pequeña cueva cuando no nos queremos mojadas, y un río cuando deseamos ser renacuajos, salmones, delfines, ballenas, lo que sea. Siempre seremos grandes, pequeñas desde lejos, inmensas por dentro. Siempre quedaremos.
Caminamos a contraluz, queremos dejar nuestra sombra en el recuerdo de los pasos, que ya que siempre nos persigue... que al menos se quede atrás.
Me levanto frente al fuego. Mi pequeña zona de calor. Mis pies, quejumbrosos -a veces- y encallados, comienzan a pisar un relieve que ya no parece empedrado, quizás porque se sienten demasiado duros. Pero no lo suficiente como para dejar de palpar el suelo. No importa. Los pinchos los doman, es así cuando el camino se percibe arduo. Entonces, alzan pasitos lentos como quien lentamente iza una bandera, y me quedo mirando con ternura las llamas que me permiten reconocerme. Dirijo, tras ello, mis ojos a los bosques, a mis compañeros de vida, los árboles, que continúan su ritual de baile colectivo, silencioso y ambiental. Me alejo del fuego, y como era de esperar, me envuelve un aura gélida y oscura. Mis pies reanudan su camino, sucios de la piedra negra y no precisamente rotos. Sé que me llevan cual barca en el océano. Pequeños, suficientes, míos. Siento la respiración forestal. Viva, suave e intensa al tiempo. Y por ello, sé que no estoy sola. Cada rama, cada raíz vive sin importar, aportando. Y yo camino segura, por instantes al menos, de que mañana, llegue cuando llegue, el bosque completo avanzará conectado, siempre en círculos, y el Sol, como mi hoguera, nos recordará a mis pequeñas hojas, a mis pequeños -e inmensos- árboles, que por distinta que suene nuestra música, nos une siempre la misma luz.
La luz propia.
Caminamos a contraluz, queremos dejar nuestra sombra en el recuerdo de los pasos, que ya que siempre nos persigue... que al menos se quede atrás.
Me levanto frente al fuego. Mi pequeña zona de calor. Mis pies, quejumbrosos -a veces- y encallados, comienzan a pisar un relieve que ya no parece empedrado, quizás porque se sienten demasiado duros. Pero no lo suficiente como para dejar de palpar el suelo. No importa. Los pinchos los doman, es así cuando el camino se percibe arduo. Entonces, alzan pasitos lentos como quien lentamente iza una bandera, y me quedo mirando con ternura las llamas que me permiten reconocerme. Dirijo, tras ello, mis ojos a los bosques, a mis compañeros de vida, los árboles, que continúan su ritual de baile colectivo, silencioso y ambiental. Me alejo del fuego, y como era de esperar, me envuelve un aura gélida y oscura. Mis pies reanudan su camino, sucios de la piedra negra y no precisamente rotos. Sé que me llevan cual barca en el océano. Pequeños, suficientes, míos. Siento la respiración forestal. Viva, suave e intensa al tiempo. Y por ello, sé que no estoy sola. Cada rama, cada raíz vive sin importar, aportando. Y yo camino segura, por instantes al menos, de que mañana, llegue cuando llegue, el bosque completo avanzará conectado, siempre en círculos, y el Sol, como mi hoguera, nos recordará a mis pequeñas hojas, a mis pequeños -e inmensos- árboles, que por distinta que suene nuestra música, nos une siempre la misma luz.
La luz propia.
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