Guía para un fracaso exitoso.
-¡He sacado un sobresaliente!
-¡Y yo un suficiente!- exclamó riéndose.
Instantes después, ambas personas decidieron ir juntas a comer para celebrar que ya habían acabado.
El ser Sobresaliente y el ser Suficiente eran fieles amigos, desde siempre. Mantenían una relación gobernada por la constante sátira de uno mismo, un humor de tonos oscuros y por supuesto, honestidad, bondad y transparencia. Diríase que se mostraban al mundo como uña y carne, como dos entes únicos como conjunto y únicos por separado. Sobresaliente era generalmente admirado por su esencia destacada, envidiado e incluso codiciado en sí mismo por aquellos que no lo conocían. Suficiente, sin embargo, se adaptaba con más facilidad, ya que no era tan conocido entre las masas. Estos dos pequeños derrochaban las tardes otoñales escuchando el crujir de las hojas muertas, daban de comer a los patos mientras conversaban productivamente y jugaban a videojuegos con constante victoria del siempre victorioso... pero no importaba. Y en vísperas navideñas, cuando el agua se tornaba helada, lanzaban piedras para romper el ritual invernal que echaba de su hábitat a los patos. Sobresaliente sobresalía. Suficiente... era. Y era suficiente.
Notable y Bien, dos grandes compañeros, intercambiaban cañas y risas en el bar de lo ordinario, y vaya si hablaban con filosofía. Notable lo hacía notablemente, y Bien, bien. Cada cual en su onda, con sus juegos de palabras, recordando viejos tiempos, cuando sus nombres significaban algo.
Todos los domingos coincidían estos cuatro, a los que se les sumaba la señora Mención, que por si el Doña no fuera poco, ya le habían puesto varios nombres: que si Honorífica, que si Matrícula de Honor. Burdos intentos de expresar un nombre con grandilocuencia, como para recargar el discurso. Este último, llámese como se llame, destacaba de entre los cinco; estaba, directamente, en otro nivel. Si cada cual aparecía con una pregunta más y más compleja, Mención iluminaba a los cuatro con una respuesta. Era brillante, honorable, honorífico. Pero cuando llegaban los cinco al café y cada uno ocupaba su asiento, podía observarse una isocefalia que los devolvía al anonimato de la igualdad, donde siempre estaban y de donde habían partido.
Los cinco amigos escogían sus bebidas favoritas, no olvidándose de ideas para picar. Y en un cuenco lleno de papelitos, todos leían uno al unísono, como accediendo a una cuestión de verdadera trascendencia. Un día tocaba discutir sobre los tipos de patata, de galaxias o de inteligencia. Nunca se sabía. Otro, una botella vacía, víctima del mareo, escogía a uno de los cinco seres para, simplemente, darle la palabra. Y este, fuera quien fuera, comenzaba su discurso, improvisado y de cualquier carácter. Todo, incluso lo más absurdo, era válido. Porque, ¿qué era lo absurdo? Mención lo sabía y podía recitar la respuesta con elocuencia, pero todos comprendían lo poco que importaba. La sensación de que cualquier cosita era aceptable y aceptada era maravillosa, y entre ellos no tenía lugar el juicio, orientado a los negados a conocer.
Estos pequeños sabían de su insignificancia como seres en el vasto universo, y les parecía tan grandioso que no podían sino admirarlo. Incluso Matrícula, el más destacado, se envolvía en humildad para contemplar semejante maravilla. El Universo era grande, sin duda, y era bello en todos sus "rincones". Y conocido por todos. Nadie se libraba.
En las noches especialmente estrelladas, los cinco se tumbaban en el césped del bosque más cercano para conectar con el cielo. La sensibilidad brotaba a veces de los ojos de alguno, que en la última ocasión fue Suficiente. Sus lágrimas eran pequeños ríos cristalinos iluminados por la noche, y aquella, precisamente, sentía un inmenso deseo de agradecer la simple existencia a sus cuatro compañeros. Esa pequeña diferencia de nombres, curiosamente, le hacía comprender cuán iguales eran, si es que la igualdad era algo gradual. Para Suficiente, él mismo era suficiente. Y eso le resultaba precioso, gracias a entender que era igualmente hermoso que cada cual tuviera sus características, y eran esas las que los hacían únicos por separado. Y juntos tenían el valor de valorarse unos a otros por su autenticidad, de igual manera y al mismo tiempo de manera inigualable. El amor con que se miraban entre ellos era símbolo de su verdadero y simple valor, y gracias a todo ello, pudieron disfrutar, aprender y enseñarse mutuamente, como hoy lo hacen y como siempre, por su ser, lo seguirán haciendo.
Comentarios
Publicar un comentario