Sucesión de seres en el lado oscuro de la Luna.

La gravedad vive sin estar en otros planetas. Aquí, allí y en todos los lados –el mismo lugar- no es más que el eco de una expresión futura, como una supernova imaginada en el oráculo de una nebulosa. “Cero Kelvin”, me señala mi mente loca. Nada cae, todo queda suspendido en un estruendo de relojes, a lo lejos, dentro. Ni siquiera entiendo la materia. Miro arriba y abajo en este infinito de apariencia esférica, no creo en la planitud que todos admiten como perros. Dólares nacientes, conejos saltarines; todo me indica la carencia de un camino en este repentino País de las Maravillas. Y en un instante pasan diez años, y ahora que me observo solo siento mi bastón. Debí correr cuando todos andaban quietos, desafinar e irme sin dejarte. Hoy mis dedos no tienen fuerza. Me he envuelto en la burbuja de la inercia humana.

Abro los ojos. Como en una descarga eléctrica, me activo, me revitalizo, me despojo de mi propia imagen con la mirada en once dimensiones. Pareciera esto un agujero negro, pero mi mirada regresiva da más importancia a la vuelta atrás en el tiempo, como cayendo en un abismo y al tiempo saliendo de él. El Sol se ilumina a sí mismo y la Luna es oscura. Todavía puedo nadar en sus cráteres, en mi imaginación. Las estrellas ya no se chocan; se acarician. Y en vez de sonar la Obertura de 1812, susurran -quién, qué- una sopa de Oparin, Stravinsky, Debussy y Tchaikowsky, en ese orden y en regresión.
Los negativos de la película se consumen poco a poco en una pausa de millones de años, cada vez más fríos, más pequeños, menos comprensibles. Se agota el tiempo, vuelve el color negro.
La implosión parece mentira, pero es.
Sólo conozco lo oscuro.

Mientras tanto y después olvido mis sentidos. Me elevo. La luz se reduce a una carátula.

Sé que he muerto. Me siento en paz.

Suspiro.



Desaparezco.

Comentarios