Ojeada panorámica.

Pongámonos serios.

Estoy muy contenta. Ahora mismo, qué importan los cinco minutos de antes, aunque también lo estuviera. Pero ahora lo hago consciente, ahora le digo a mi mente que pare, y en esta pequeña pausa, en este pequeño instante, me doy cuenta. De todo, por así decirlo; no hago más que echar una mirada panorámica al horizonte de mi vida, y entre medias diviso un mar que me recuerda a lo que podríamos llamar "calma", por ponerle un nombre. Las olas bailan unas con otras, y el Sol se asoma, dejando un leve y cálido reflejo en el agua, como haciendo eco de lo que horas antes fueron rayos penetrantes. El sonido que las olas interpretan en su lecho de muerte, en la orilla, es tan sereno como la muerte misma, que se les cierne, que les hace desaparecer en un paisaje de escasos decímetros de arena húmeda. Es curioso que ésta produzca paz, y tan lógico como que sea el equilibro que permite a este mar profundo aferrarse a su fosa, y no extenderse por la tierra cual depredador en busca de presas. Parece, esta música de oleaje, cercana y lejana al tiempo, como si el bailoteo de las olas fuera el mismo en cada punto del mar.

Pequeños y grandes peces juegan a la supervivencia, todos con todos. Bajo el agua, en los primeros metros, puede divisarse este jolgorio, esta fiesta que es la vida animal, vegetal, de todo tipo. La luz surca mientras puede los arrecifes de coral, como surca las aletas de los tiburones, y sus colas, y todo aquello que a nuestros ojos, o a cualquier otros, se haga visible. Pero ahondando, ahondando, en la tierra hostil donde el Sol no penetra, reina la calma. Simplemente, calma. La calma del animal dormido, la calma de la soledad, la calma de un aparente vacío lleno de agua, y por ende, de vida. Actúa sobre el mar como su fundamento principal, como las raíces para un árbol, llevando esta tranquilidad a la superficie que observan mis ojos.

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