Sistemita educativo.
Le entregaron su examen. Un 6,25. Qué decepción, ¿no? Siempre participaba, reflexionaba, y la mayoría de las veces respondía con exactitud. Su cabeza era lúcida, si bien las emociones se lo permitían. Y el sueño, el sueño era realmente importante... Pero se estaba acostumbrando, por desgracia, a dormir menos de lo debido. Además, cabe resaltar que filosofía era, sin duda, su asignatura favorita. ¿O no? En realidad, la filosofía era su pasión, pero no su asignatura. Su asignatura, realmente, era historia. Qué extraño, ¿verdad? Historia estaba teóricamente más orientada a las capacidades memorísticas, también muy interesante y sin dejar atrás el análisis y la reflexión, pero no era filosofía. La filosofía no tenía nada que ver, porque iba mucho más allá. Sin embargo, era en esa clase donde sentía que sus palabras caminaban como por nubes de libertad, descalzas y desnudas, donde, ni se hacían daño, ni se caían al vacío. Y era muy bonito. Muy didáctico. Aprendía, pensaba. Era como la filosofía, pero sin serlo.
Miró a su examen tratando de no preguntarse por qué esa nota y no otra, aunque en realidad lo sabía, o lo creía saber. No era una reflexión demasiado rebuscada, y su cabeza tenía especial facilidad para hacer preguntas, pero también para responderlas. Lo volvió a mirar. Esta vez no leyó las correcciones, o mejor dicho, no leyó sus errores. Sí se fijó en lo que su docente había marcado con un impecable color rojo, propio de alguien que sabe lo que deber ser y lo que no. Alguien, además, que lo impone, porque el rojo es un color con mucha presencia. Y, por su puesto, el profesor es una figura imponente. No estaba incrédulo. Sí se lo creía, claro que se lo creía, no era difícil de creer, porque le habían pedido algo para lo que no estaba del todo preparado. Los alumnos que sí lo estaban habían sacado mucha mejor nota. Se comparaba, sin ánimo de ofender a nadie, quizás para justificar esa calificación, para evadir la responsabilidad que le corresponde a cualquiera que no se prepara, pero también por decepción. Era extraño. Decepción... ¿con su propia inteligencia? No podía afirmarlo, ni de lejos, aunque podía ser. Miró a una compañera. 9,7. Una notaza. Digna de aplauso aquella chica, teniendo en cuenta de que otros alumnos no habían pasado del 0. Por vagancia, eso sí. La miró a ella. De arriba a abajo, sin muecas, sin celos. Simplemente observaba. "Ella será juzgada por sabia, mientras que a mí me tacharán de ignorante. Ella tiene gaviotas en la cabeza, yo tengo ideas que se entrelazan y se sueltan. ¿Qué tipo de caos es este?" Volvió la cabeza, miró por enésima vez al examen. Su compañera había escrito todas y cada una de las características de la filosofía. "Yo no, lo sé. Pero si pienso, pienso. Eso no me lo pueden arrebatar". Su cabeza estaba llena de conceptos que no se convertían en palabras, ni imágenes, ni nada. Estaban ahí, y lo sabía, pero no se manifestaban. Subyacían como las raíces enterradas de un árbol milenario, del que sólo se pueden ver el tronco y la copa, pero con la seguridad de que lo que esconde bajo la tierra es muchísimo más grande y poderoso.
Miró a su examen tratando de no preguntarse por qué esa nota y no otra, aunque en realidad lo sabía, o lo creía saber. No era una reflexión demasiado rebuscada, y su cabeza tenía especial facilidad para hacer preguntas, pero también para responderlas. Lo volvió a mirar. Esta vez no leyó las correcciones, o mejor dicho, no leyó sus errores. Sí se fijó en lo que su docente había marcado con un impecable color rojo, propio de alguien que sabe lo que deber ser y lo que no. Alguien, además, que lo impone, porque el rojo es un color con mucha presencia. Y, por su puesto, el profesor es una figura imponente. No estaba incrédulo. Sí se lo creía, claro que se lo creía, no era difícil de creer, porque le habían pedido algo para lo que no estaba del todo preparado. Los alumnos que sí lo estaban habían sacado mucha mejor nota. Se comparaba, sin ánimo de ofender a nadie, quizás para justificar esa calificación, para evadir la responsabilidad que le corresponde a cualquiera que no se prepara, pero también por decepción. Era extraño. Decepción... ¿con su propia inteligencia? No podía afirmarlo, ni de lejos, aunque podía ser. Miró a una compañera. 9,7. Una notaza. Digna de aplauso aquella chica, teniendo en cuenta de que otros alumnos no habían pasado del 0. Por vagancia, eso sí. La miró a ella. De arriba a abajo, sin muecas, sin celos. Simplemente observaba. "Ella será juzgada por sabia, mientras que a mí me tacharán de ignorante. Ella tiene gaviotas en la cabeza, yo tengo ideas que se entrelazan y se sueltan. ¿Qué tipo de caos es este?" Volvió la cabeza, miró por enésima vez al examen. Su compañera había escrito todas y cada una de las características de la filosofía. "Yo no, lo sé. Pero si pienso, pienso. Eso no me lo pueden arrebatar". Su cabeza estaba llena de conceptos que no se convertían en palabras, ni imágenes, ni nada. Estaban ahí, y lo sabía, pero no se manifestaban. Subyacían como las raíces enterradas de un árbol milenario, del que sólo se pueden ver el tronco y la copa, pero con la seguridad de que lo que esconde bajo la tierra es muchísimo más grande y poderoso.
Entendía todo. En silencio, lo entendía, lo detestaba. El trabajador pasaba por listo, el listo por vago y el ignorante por tonto. "No me obceco en la palabras, sino en los conceptos, y un sistema con esa base no puede salir bien", pensó. "Le preguntan si sabe al que se ha dedicado a trabajar, y al que se ha dedicado a saber, le preguntan si trabaja".
Devolvió su examen. Su cara era un poema donde los versos se cortaban los unos a los otros. Hizo una pausa para contemplar su decepción consigo y con lo de fuera, su indignación y finalmente su tristeza. Y una vez más, pero con más dolor que nunca, dijo entre suspiros:
-Yo quería aprender, pero no me han dejado. Esta vez ha sido totalmente imposible.
Qué pena se siente al leer este texto desde este otro lado, el del profesor. Cuando una evaluación cae en tantos errores como los que se traslucen de estas palabras, entonces cabe preguntarse ¿qué estamos haciendo?
ResponderEliminarEn "El maestro ignorante" Jacques Rancière, a través del maestro Jacotot, propone la enseñanza en igualdad para conseguir la emancipación de las inteligencias.
Por otro lado, creo que de aquí podría salir una novela, o al menos un relato.