A mi mejor amigo.

Era el más válido, guapo, talentoso e incluso egocéntrico de toda la compañía circense. Tom trabajaba como trapecista en un Londres cualquiera del x. XVIII, todos los días sin descanso, explotando al máximo sus virtudes con tal de arrancar aplausos a un público variable y exigente. Estaba claro su protagonismo, y sin duda, merecía todos y cada uno de los piropos que le echaban. Sin embargo, su afabilidad sólo se daba mientras trabajaba, pues solía ser impulsivo, cerrado, y a veces pusilánime. No permitía opiniones distintas, y menos aún críticas. Escuchar todo aquello le irritaba más de la cuenta.

Como cualquier día de la semana, Tom llegaba a casa exhausto tras una dura jornada de piruetas, saltos imposibles y felicitaciones anónimas. Irradiaba felicidad, seguridad, valentía. Nada pasaba desapercibido por el gesto elocuente de sus ojos. Cenó, como siempre, leyó de pasada el periódico, y se fue a dormir, complaciendo su cansancio. Nunca imaginó que esa noche cambiaría su vida por completo.

Se levantó como rodeado de niebla, angustiado, impotente. Tuvo un sueño demoledor: le despedían de la compañía. No podía soportar siquiera ese hecho como una posibilidad, porque ¿quién era él sin poder demostrar su talento, sin los aplausos, sin su reputación? Se identificaba plenamente con todo aquello, y había plasmado el sentido de su vida en aquella compañía. Si eso ocurría, ya no le quedaba nada, ya no era nadie. Eso, además de miedo, le trajo una enorme insatisfacción. Se había anclado en algo que no dependía de él, y por tanto, algo sujeto a la interinidad. Por este motivo, decidió emprender un viaje en busca de sí mismo, de su "verdadero yo".

Se encontraba en un bosque, solo y sin apenas agua y comida. Llevaba una semana fuera y aún no había podido reflexionar. Minutos más tarde, apareció una niña, descuidada pero feliz.
-Tú eres ese famoso trapecista, dicen que tienes talento.
-¿Me has visto en alguna actuación? ¿A que soy bueno?
-Una vez, no me gustó.
-¿No? ¡A todo el mundo le gusta!
-Bueno, eso es lo que dicen, pero no sabes lo que piensan. Toma, unas nueces, que te veo con hambre.
-¡Eh! ¡No te vayas! ¿Cómo te llamas?- Pero la niña ya se había ido.

Tom, mientras comía, pensaba lo hablado. Quizás no era tan virtuoso, quizás no tenía talento. No podía soportarse, no podía soportarlo. Poco rato después continuó andando bosque adentro.

Los días y las noches se hacían cada vez más monótonos. Tom recordaba una y otra vez las palabras de aquella niña, y se angustiaba sin llegar a nada. El bosque se llenaba de árboles por momentos, y resultaba prácticamente imposible volver a la ciudad.
Tras haber caminado un buen rato, el trapecista se paró sorprendido ante la enormidad de un cartel que le impedía el paso. Al lado de éste había un hombre sentado.
-¿Qué haces ahí parado? ¿Por qué no rompes el cartel? ¿Quién eres?- Dijo el trapecista.
-El cartel es irrompible, sólo se cae si resuelves el mensaje. Y en cuanto a lo demás, yo me pregunto lo mismo.
-¿Mensaje?- Tom no prestaba atención a los detalles.- "No te ates a la vida con esposas, que te hará preso"... No lo entiendo. ¿La vida es una cárcel? ¿Morir es la solución?
-De ser así, el muro había caído. He de decirte que si estás aquí es porque tenemos el mismo problema. ¿Sabes? Yo era escritor, novelista. Tenía mucho éxito, pero mis libros dejaron de gustar. Creo que estamos sujetos al tiempo, somos presos de la temporalidad, pero no llego a entender cómo mi identidad ha muerto, y sin embargo yo sigo vivo.
-¿Y si hay otra opción? Si nosotros aún estamos vivos, significa que tenemos otra identidad, una que perdura a pesar de los cambios que se dan en nuestra vida.
-Pero, ¿cuál?
-Eso intento averiguar. Creo que el miedo vive en el tiempo, ya que cuando tememos algo estamos mirando de cara al futuro, pero no sé cómo escapar de él.

De repente, la parte superior del muro se desmoronó. Se iban acercando a la conclusión final. Poco a poco iban cayendo sus cimientos, pero a medida que eso ocurría, Tom recordaba sus miedos, la soledad que nunca mostró, y pensó en alto:
-Soy mis propios temores, llevo toda mi vida viviendo de la aceptación de los demás, por eso actuaba, por eso el circo lo era todo para mí. He de continuar haciéndolo, me rindo.- El trapecista dio media vuelta y tomó rumbo a la ciudad.
Ya había perdido de vista al intelectual y al muro, y, a decir verdad, no estaba angustiado, sino tranquilo. Sentía que se había quitado un peso de encima. De repente, vino corriendo aquel escritor gritando:
-¡El muro ha caído! ¡Lo has entendido!
-¿Entender el qué?
-Has aceptado tu situación de vida, todo, ya no sufres por ello, has aceptado la eventualidad de las cosas, e incluso has empezado a quererte. El amor no nace en los demás, sino en uno mismo, por eso debemos querernos, porque somos lo único que perdura durante toda nuestra vida.

Y así fue cómo Tom encontró algo que iba mucho más allá del tiempo, algo con más valor que los miedos, los aplausos, las piruetas, su fortuna. Por fin logró hallar el amor por sí mismo, por fin encontró algo eterno.

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