Lo siento León Felipe, pero esto es para ti.
-He visto a la muerte pasar por mi ventana.-
Decía las mañanas de invierno
mientras permanecía en su casa.
-He visto pasear al viento,
jugar con los árboles y sus ramas.
He visto tantas cosas...
No terminaría si empezara a contarlas.-
Pero es triste mi vida,
que no puedo hablar sino de cosas sin importancia.
Yo oía hablar de patrias,
de canciones, odas e incluso elegías,
pero nunca entendía nada.
Quizás porque era chico, ya no lo recuerdo;
sólo queda en mi memoria
el juego de los niños en la plaza.
¡Qué triste!
Ni siquiera yo tenía, para jugar, un plaza.
A veces cogía un libro
de cuyo título ya no me acuerdo,
y desechaba en sus hojas
las mañanas de invierno.
El libro también era triste;
más de una vez me vi envuelto en lágrimas.
Aunque, si no me falla la memoria,
lloraba al ver a los niños en la plaza,
llenos de vida, jugando a la pelota
mientras yo leía solo. Siempre solo.
Había, eso sí, una niña muy guapa
que correteaba haciendo ondear su falda.
Y yo la miraba, todavía lo recuerdo.
Tenía unos ojos muy bonitos,
pero el invierno, también triste, no me dejaba verlos.
Ella, de vez en cuando, se paraba en mi ventana
y me observaba curiosa.
Me veía leer, le parecía extraño;
todos los demás niños jugaban en la plaza a la pelota.
Yo también la miraba.
Tenía una cara de porcelana, delgada,
y unos labios carnosos, casi morados a causa del frío.
Ella me decía: -anhelo el estío.-
Y yo la miraba triste, como ensimismado en mi libro.
Entonces se daba la vuelta,
y seguía correteando con las demás niñas de la escuela
haciendo ondear su falda
mientras todas, juntas, inundaban la plaza.
Yo seguía con mi libro y mi mundo de fantasmas.
Todos los domingos sonaban las campanas,
y pocas veces pisaba yo la plaza.
La iglesia era muy grande, y, si bien recuerdo,
las niñas llevaban un velo
que, si no les tapaba la cara, les tapaba el pelo.
A mí eso no me gustaba;
algunas niñas tenían un cabello muy bonito.
¿Y ese velo? ¿Por qué lo llevaban?
Quizás yo era demasiado chico,
pero no entendía nada, absolutamente nada.
Tras la misa y sus correspondientes liturgias,
los adultos hablaban de hazañas,
dinero, y cosas de aparente importancia.
A veces reían, con risas muy falsas.
No decían nada merecedor de gracia...
Así que yo volvía con mi libro a mi casa.
Y supongo que mi vida se convirtió en rutina,
pues, ni tenía plaza, ni pelota,
ni padres que hablaran de hazañas,
ni entendí jamás por qué amaban tanto la patria.
A mí me acompañaban mi libro, mi manta,
mis mañanas de invierno,
los niños en la plaza, y de forma inevitable,
mi muerte, la que veía a través de la ventana.-
Decía las mañanas de invierno
mientras permanecía en su casa.
-He visto pasear al viento,
jugar con los árboles y sus ramas.
He visto tantas cosas...
No terminaría si empezara a contarlas.-
Pero es triste mi vida,
que no puedo hablar sino de cosas sin importancia.
Yo oía hablar de patrias,
de canciones, odas e incluso elegías,
pero nunca entendía nada.
Quizás porque era chico, ya no lo recuerdo;
sólo queda en mi memoria
el juego de los niños en la plaza.
¡Qué triste!
Ni siquiera yo tenía, para jugar, un plaza.
A veces cogía un libro
de cuyo título ya no me acuerdo,
y desechaba en sus hojas
las mañanas de invierno.
El libro también era triste;
más de una vez me vi envuelto en lágrimas.
Aunque, si no me falla la memoria,
lloraba al ver a los niños en la plaza,
llenos de vida, jugando a la pelota
mientras yo leía solo. Siempre solo.
Había, eso sí, una niña muy guapa
que correteaba haciendo ondear su falda.
Y yo la miraba, todavía lo recuerdo.
Tenía unos ojos muy bonitos,
pero el invierno, también triste, no me dejaba verlos.
Ella, de vez en cuando, se paraba en mi ventana
y me observaba curiosa.
Me veía leer, le parecía extraño;
todos los demás niños jugaban en la plaza a la pelota.
Yo también la miraba.
Tenía una cara de porcelana, delgada,
y unos labios carnosos, casi morados a causa del frío.
Ella me decía: -anhelo el estío.-
Y yo la miraba triste, como ensimismado en mi libro.
Entonces se daba la vuelta,
y seguía correteando con las demás niñas de la escuela
haciendo ondear su falda
mientras todas, juntas, inundaban la plaza.
Yo seguía con mi libro y mi mundo de fantasmas.
Todos los domingos sonaban las campanas,
y pocas veces pisaba yo la plaza.
La iglesia era muy grande, y, si bien recuerdo,
las niñas llevaban un velo
que, si no les tapaba la cara, les tapaba el pelo.
A mí eso no me gustaba;
algunas niñas tenían un cabello muy bonito.
¿Y ese velo? ¿Por qué lo llevaban?
Quizás yo era demasiado chico,
pero no entendía nada, absolutamente nada.
Tras la misa y sus correspondientes liturgias,
los adultos hablaban de hazañas,
dinero, y cosas de aparente importancia.
A veces reían, con risas muy falsas.
No decían nada merecedor de gracia...
Así que yo volvía con mi libro a mi casa.
Y supongo que mi vida se convirtió en rutina,
pues, ni tenía plaza, ni pelota,
ni padres que hablaran de hazañas,
ni entendí jamás por qué amaban tanto la patria.
A mí me acompañaban mi libro, mi manta,
mis mañanas de invierno,
los niños en la plaza, y de forma inevitable,
mi muerte, la que veía a través de la ventana.-
Precioso. Muchas gracias.
ResponderEliminarFascinado por el título y por el cambio de voz al principio del poema. Nada que decir, todo por leer.
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