Fábrica de joyas.

Me desperté rebuscando en las entrañas de lo que creía un cuerpo redondo, suave, sin nada sobresaliente de él. Me rascaba sin llegar a rayar mi epidermis, con cuidado; simplemente quería palparme. Todos allí estaban apagados, se regían por una monotonía que consideraban rutina. Nunca se habían planteado si había algo más allá de levantarse, cumplir obligaciones y volver a dormir. Yo, curiosa, me metía en las cuevas de mi interior, y rebuscaba entre los trastos de conocimientos aparentemente inservibles algo nuevo. Pero nada, no había nada. Al menos nada que me llamara la atención. Y era curioso, porque ni siquiera yo sabía qué buscaba. Simplemente quería algo nuevo, pero estaba perdida. No conocía nada que se excediera de los límites de la normalidad, así que no tenía ni la más remota idea de cómo podía ser aquello que intentaba encontrar.
Tras un rato de preguntas un tanto agobiantes, decidí volver al mundo en el que vivía encerrada. Todo seguía igual. Y así pasaban los minutos, las horas, los días. Tanto que decíamos de matar el tiempo, y parecía ser que éste era quien iba a acabar con nosotros. Pero nunca nadie hacía nada por evitarlo, todo pasaba desapercibido por los ojos cada vez más ciegos de la sociedad. Y yo estaba cansada, cada día me preguntaba con más ansiedad la existencia de algo que no alcanzaran a ver mis ojos. No soportaba la idea de una vida tan triste, patética e insulsa. ¿Y los demás? ¿De verdad no tenían curiosidad?... Tampoco lo soportaba, me parecía algo totalmente inconcebible. Todas las mañanas me miraba varias veces al espejo, y después observaba al resto de seres que habitaban este mundo, pero a los ojos de la sociedad todos éramos iguales, siempre grises, siempre inferiores. Todos éramos igual de ignorantes, de ridículos. Los espejos escribían sátiras cada vez que nos mirábamos en ellos, y acto seguido, se reían de nosotros. Pero ellos también formaban parte del mundo, así que no eran más que el resto de seres. Todo se resumía en un "nada".
Ya pasado un tiempo, tras haber cometido tantos errores como piedras había en mi camino y habiendo aceptado la ridiculez que en la que todo estaba sumergido, se me ocurrió la locura o la genialidad de volver a buscar en los lugares más recónditos de mí misma. Así que metí mi seguridad en un candil y, con una luz cada vez más tenue, me dirigí a todas aquellas cuevas en busca de algo de interés. Había recuerdos, botes con lágrimas, sombras, sonrisas incluso, y un montón de papeles arrugados. Serían las ideas. Había incluso papeleras que los guardaban. Me acerqué a una de las muchas, y cogí uno de los papeles que había caído al suelo. "Somos diamantes por pulir, y yo acabo de descubrir una de mis esquinas. Ahora sólo me queda rascarme hasta sacar la brillantez que tengo escondida dentro", decía. Lo guardé de inmediato, y me miré corriendo en uno de los incontables charcos que habían dejado mis lágrimas al caer. Por fin pude verlo.Veía mis imperfecciones, mis diferencias con el resto de diamantes. "No puedes pedirle a la sociedad que te muestre algo que sólo hallarás en tu interior", pensé. Y seguramente estuviera en lo cierto.
Volví a pisar tierra, ya sin cabos sueltos, y me moví por el mundo como si fuera la primera y última vez que iba a hacerlo, de puntillas. Todos me miraban mal; pero no me importaba. Yo había despertado, y prefería que cada uno durmiera lo suficiente. Su rechazo era, para mí, un indicio de progreso.

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