Descanso.

¿Sabéis qué? Me siento inepta. Totalmente inepta. Y hoy, ahora, desisto. No quiero intentarlo, me niego.
Estaba sentada en el piano, revisando partituras, cuando de repente, he empezado a reflexionar. Las he dejado desordenadas, como siempre, y he visto que las teclas del instrumento no formaban parte de mí. Blancas o negras, daba lo mismo. Las tocaba, las sentía, pero era evidente que su sonido era una música de pub barato, o notas desgarradas. Sólo sé que no era música. Y no os imagináis cómo me siento, de verdad os lo digo. Porque yo no quiero ser la niña que en misa toca la guitarra, ni que la les canta villancicos a sus familiares en Navidad. Para colmo, me han llamado paleta por no tocar TODO el repertorio del señor Bach. Y yo no soy nada superficial, me da totalmente igual lo que piense la gente de mí, pero eso... eso me supera. ¡¿Cómo demonios voy a tocar todo el repertorio de Bach?! Es totalmente imposible, porque para empezar, no se conservan todas las piezas. Pero en serio, no sabéis cómo me ha sentado eso.
Bueno, volviendo atrás.
Estaba ahí, entre cabizbaja, atónita e impotente. Llevaba dedicando toda mi vida, mi madurez tan sumamente escasa a golpear esas teclas, nunca con ayuda, sola, porque de verdad quería saber. Y no he conseguido nada, nada. Absolutamente nada. ¿Y qué demonios hago yo entonces con un piano? Llevo toda mi vida de apasionada por ese instrumento intentando superarme para ver con el tiempo que no tengo ni la más remota idea de nada. Y yo siento la música, sí. Pero todo me viene de fuera, no soy yo, ya me he percatado. Las notas no surgen de mí, ni tampoco la sonrisa, ni las lágrimas. Vienen de la maldita concordancia sonora que penetra en mis oídos. Y sé, sé perfectamente que nunca nadie sabrá nada, pero algo se aprende, ¿no? Sócrates aprendió que no sabía nada. Pero él sabía que era mentira, por lo menos en cierto modo. Pero yo... yo no he aprendido nada. Y recalco el "nada". Lo he comprobado. Me he dado la vuelta, me he visto a mí misma hace unos años, cuando todavía era un fruto comestible, aprovechable, y me he mirado ahora al espejo. He revisado dentro de mí, pues quizá podría dejarme algo de cultura escondida, pero nada. No hay, y he vivido todo este tiempo engañada por mi esperanza y mi arrogancia... porque ni siquiera sé que no sé nada.

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