La cebolla es escarcha, cerrada y pobre. Escarcha de tus días y de mis noches.
No crezcas.
No descubras.
Ríe, ríe, sigue riendo.
Que la cárcel se la lleva la música de tu sonrisa.
Vive, que tu padre lleva la muerte a rastras.
Come. Sé fuerte.
No te preocupes por los sucesos, que tu padre ya se encarga de morir con ellos.
No pares de comer.
Que el hambre te matará si no se junta con esas ganas.
Permanece en la cuna.
La luna irá a ti si la necesitas, acompañada de las alas que me das cuando eres feliz.
Ella lucha por mí. Y gana las guerras que la paz ha perdido.
Duerme.
Sueña, que la realidad te arrancará la vida como a tu padre se la arrebató.
Pelea tus derechos.
Tu alma puede con todo.
Esa mujer morena te dará el amor que tu padre, desde aquí, no te puede dar.
Que la cebolla no te haga llorar; las lágrimas las necesitarás cuando te percates de todo aquello que la felicidad que tu padre no tiene intenta no saber.
No te rindas. Hay demasiado por lo que luchar.
Por favor, ríe, no ceses de reír.
Es lo más bello que puedo sentir.
Guarda contigo la infancia, y para el tiempo si es preciso con tal de no perderla.
Pero, por favor, que no se te escape.
Si se va, no vuelve.
Tu padre se hizo mayor demasiado joven.
Y ahora, ya no hay vuelta atrás.
Tampoco hay límite.
No te preocupes por las barreras; la realidad se encarga de crearlas.
Amamántate de cebolla si no hay otra cosa con la que ser feliz.
Que yo no tengo ni cebolla para llorar.
Tu padre se ha quedado sin lágrimas con el propósito de que tú bebas el amor que poco a poco se va de él.
Y te alimentes, y seas joven.
Ocho meses. Tu sonrisa sigue ahí.
Procura que, por eternidades que pasen, siga ésta igual de viva que hoy, ayer y mañana.
Que eternidades hay muchas.
Y, créeme; todas acaban terminando.
Pero ojalá tengas que esperar mucho para que pase una sola.
Y sigas en la cuna, riendo, viviendo, soñando, siendo niño.
A tu padre se le pasaron volando. Y no fueron tus alas quienes facilitaron el camino al tiempo.
No te derrumbes.
No sepas lo que pasa.
Ni lo que ocurre.
No descubras.
Ríe, ríe, sigue riendo.
Que la cárcel se la lleva la música de tu sonrisa.
Vive, que tu padre lleva la muerte a rastras.
Come. Sé fuerte.
No te preocupes por los sucesos, que tu padre ya se encarga de morir con ellos.
No pares de comer.
Que el hambre te matará si no se junta con esas ganas.
Permanece en la cuna.
La luna irá a ti si la necesitas, acompañada de las alas que me das cuando eres feliz.
Ella lucha por mí. Y gana las guerras que la paz ha perdido.
Duerme.
Sueña, que la realidad te arrancará la vida como a tu padre se la arrebató.
Pelea tus derechos.
Tu alma puede con todo.
Esa mujer morena te dará el amor que tu padre, desde aquí, no te puede dar.
Que la cebolla no te haga llorar; las lágrimas las necesitarás cuando te percates de todo aquello que la felicidad que tu padre no tiene intenta no saber.
No te rindas. Hay demasiado por lo que luchar.
Por favor, ríe, no ceses de reír.
Es lo más bello que puedo sentir.
Guarda contigo la infancia, y para el tiempo si es preciso con tal de no perderla.
Pero, por favor, que no se te escape.
Si se va, no vuelve.
Tu padre se hizo mayor demasiado joven.
Y ahora, ya no hay vuelta atrás.
Tampoco hay límite.
No te preocupes por las barreras; la realidad se encarga de crearlas.
Amamántate de cebolla si no hay otra cosa con la que ser feliz.
Que yo no tengo ni cebolla para llorar.
Tu padre se ha quedado sin lágrimas con el propósito de que tú bebas el amor que poco a poco se va de él.
Y te alimentes, y seas joven.
Ocho meses. Tu sonrisa sigue ahí.
Procura que, por eternidades que pasen, siga ésta igual de viva que hoy, ayer y mañana.
Que eternidades hay muchas.
Y, créeme; todas acaban terminando.
Pero ojalá tengas que esperar mucho para que pase una sola.
Y sigas en la cuna, riendo, viviendo, soñando, siendo niño.
A tu padre se le pasaron volando. Y no fueron tus alas quienes facilitaron el camino al tiempo.
No te derrumbes.
No sepas lo que pasa.
Ni lo que ocurre.
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