jueves, 30 de junio de 2011

Redacción de lengua. (Sé que es ridículo que la ponga aquí, lo sé.)

Hacía un día soleado, aún lo recuerdo. Según me habían comentado, el instituto era mucho más difícil respecto a primaria. Eran las nueve y diez de la mañana y entrábamos unos 20 compañeros del José Calvo Sotelo por la puerta principal dirigiéndonos hacia el edificio C, concretamente al salón de actos. Era el primer día de clase. Con una terrible inseguridad en el cuerpo, vagaba por los patios del instituto por una dirección que apenas conocía, sería pues la segunda o tercera vez que recorría ese camino. Una vez allí, en frente del edificio, saludé a las personas que ya conocía y, con ganas de echarme atrás, entré por la puerta, subí unas escaleras y me planté en el salón de actos. Me asignaron un sitio situado casi en las esquina derecha del lugar. A mi lado (en el extremo derecho de la fila) se encontraba Juan José, un compañero de colegio que actualmente se encuentra en 1º G. Nada más sentarse, levantó sus pies y los apoyó en el respaldo del asiento de delante, recibiendo así la primera regañina del curso por una persona bastante apreciada por parte mía: mi actual tutor, Alfonso. Aunque en ese momento ni mucho menos pensaba lo mismo sobre él, pues tal como se dirigió a "Juanjo" me dio hasta miedo. A continuación, Miguel Serrano (jefe de estudios de nuestro edificio) nos dio una charla sobre el instituto, las normas, etc., y después continuó la directora, cómo no, echándose flores. Semejante charla fue la que nos dio Serrano que salimos todos con un nudo en la garganta, o por lo menos yo. No se me olvida la cara de tonta que se me quedó cuando supe que Alfonso iba a ser mi tutor, aunque peor cara se le quedó a Juan José, que le había tocado con Serrano. El resto del día lo pasamos conociéndonos todos un poco.

El segundo día fue un tanto diferente, aunque lo único que hicimos fue prestar atención a las presentaciones del profesorado. Creo recordar, aunque no con certeza, que la primera en presentarse fue Trinidad, la de lengua. Con toda seriedad, unos pasos cortos pero rápidos y su típica expresión de "buenos días" nos recibió cordialmente a los 29 alumnos y alumnas que formamos hoy 1º F. No tardó en empezar a presentarse. Hay una tremenda diferencia entre la opinión que tenía hace unos 9 meses sobre ella a la que tengo ahora. Después fue Enrique, luego, creo que Alfonso nos hizo una prueba de nivel, a continuación se presentó Roberto, con una hora de lo más humorística y divertida. Por último, vino Andrés, de Educación Física, dejándonos los pelos de punta con su presentación.

El miércoles empezó presentándose la de inglés, María. Desde el principio supe la opinión que iba a tener sobre ella, por lo menos como profesora. Luego nos tocaba lengua. Trinidad tardó un poco en venir, pues a primera hora estaba en otro edificio, por tanto tenía un paseo hasta nuestra clase. Cuando llegó, como siempre diciendo "buenos días", nos puso una prueba de nivel que casi nadie aprobó. El resto del día no fue muy distinto.

Pasaban los días y en clase empezábamos a dar materia, aunque la ausencia de la profesora de lengua dejó una ambiente nostálgico, por lo menos desde mi punto de vista. También comenzaron los exámenes, haciéndome ver que la vida no nos da nada masticado, es más, nos tenemos que hacer nosotros la comida para después poder saborearla. Pero no sólo me he percatado de eso. También he visto quiénes realmente son mis amigos;al recordar los múltiples momentos en los que la melancolía se ha manifestado en forma de llanto o cosas parecidas he observado qué personas se han aferrado a mí hablándome con el corazón, sonriéndome con el alma. Aún pienso que cosas como esas se merecen regalos mucho mejores que la vida. Me he descubierto a mí misma, dándome a conocer mis verdaderos gustos, aficiones y mis múltiples defectos. También he visto que tengo que aplicarme mucho más; la vaguería no es buena amiga, y debemos aprovechar cada instante y cada ofrecimiento de la vida haciendo las cosas lo mejor que podemos, pero creo que en trabajos como esta redacción no se trata de hacer algo perfecto (en primer lugar porque no existe la perfección y en segundo porque lo perfecto es enemigo de lo bueno), sino hacerlo uno mismo dejando que el alma sea la que escriba. Pero no sólo he descubierto cosas buenas: me he dado cuenta que la ignorancia, la hipocresía, la insensibilidad (entre otras cosas) reina en la cabeza de muchos, dando lugar a la incomprensión y a la soledad. Y es que la gente no se da cuenta de que aprender  es de los mayores privilegios que la vida nos ha podido dar y, por tanto, debemos aprovechar la buena enseñanza que recibimos ya no sólo de las materias que se imparten, sino de la vida. En cuanto a materias lo que más y mejor he aprendido ha sido alemán y lengua, pues lengua, este año concretamente, me ha abierto puertas hacia el mundo de la literatura, la poesía, el teatro, comenzando así a leer auténtica belleza plasmada en palabras, desde emocionarme con las rimas de Gustavo Adolfo hasta reírme interpretanto las conversaciones del Madrid castizo. He atravesado malos momentos a lo largo de este curso, quizá demasiados, pero ciertas personas me han hecho ver la belleza de la vida, y gracias a esas personas (a las cuales no tengo vidas para darles las gracias) me he dado cuenta que la vida son dos días, que no debo llorar por no ver el sol, pues si lo hago las lágrimas me impedirán ver las estrellas, que soy un pequeño pájaro aprendiendo a volar, y no tengo por qué tirarme por un acantilado sin alas, que no es feliz quien hace lo que quiere, sino quien quiere lo que hace, que debemos sonreír porque sucedió, y no llorar porque terminó. Simplemente me han devuelto la vida que la melancolía se llevó, y le han hecho cosquillas a la tristeza para yo poderla ver reír. He aprendido muchas cosas este año, pero el instituto y la vida me tienen que enseñar aún más.

Aunque no lo parezca (porque no lo parece), este año ha sido el mejor de mi vida.

lunes, 27 de junio de 2011

Un poco de tristeza. Sólo un poco, no más.

¿Eres tú, soledad, vieja amiga, la provocadora de todos mis llantos?
Sigo sin encontrar respuesta. Estoy tan sola... que ni la misma soledad responde a mis estúpidas preguntas. Nunca tan estúpidas como yo. Estoy harta de la insensibilidad de la gente. ¿Es que nadie entiende que yo también soy una persona humana y tengo sentimientos? ¿Tan difícil es? Parece ser que sí. Creo que no me he percatado de que no tienen corazón. Estoy harta de este mundo.

domingo, 26 de junio de 2011

Para vosotros, ignorantes.



Para todos aquellos a los que les debo más de un escupitajo, los que, sin éxito, han intentado durante más de una década amargarme la vida, dando lugar a mi cara de "apártate camionero o te parto la cara", a mi aspecto informal, agresivo y, sobretodo rockero, a mi libertad de expresión, la cual hace que diga lo que me salga del culo sin importarme lo que me responda la gente, mucho menos lo que piense. Os la dedico porque es el futuro. Sí, el futuro. Estoy segurísima de que dentro de unos cuantos años veré vuestras caras abarrotadas de maquillaje y piercings hundiéndose en un mar de ignorancia y vergüenza al tener que admitir que aquello que tanto odiabais siempre ha sido, es y será mucho mejor que vosotros. Os harán burla vuestros propios insultos, pues yo no pienso perder el tiempo llamándoos lo que sois. Es una gran verdad que tenéis que admitir, pues todo acaba saliendo a la luz, por cueva profunda en la que esté escondido. En el futuro tendréis que demostrar lo que nunca habéis sido capaces de hacer: ser vosotros mismos (entre otras muchas cosas).

Bueno, que eso, moriros y pudriros descerebrados.

A Miguel Hernández.

No me puedo comparar con él.
Días y días
de dolor y escarmiento
hasta el fin de su vida,
cuando, tristemente, sus párpados se secaron,
cuando, tristemente, se apagó su aliento.

Te quiero, Miguel.

(Siento no poder dedicarte algo mejor y no esta mierda, pues has de sabes que mi calidad literaria ni mucho menos se puede siquiera comparar con la tuya.
Doquiera que estés, se consciente de lo que para mí significas).

miércoles, 22 de junio de 2011

No hay palabras para esta canción. Apenas me salen.



Nadie se imagina lo que revivo con esta canción. Muchas ¿qué digo? Demaisadas lágrimas se han derramado tras su melodía, tras su letra.

A parte de ser PRECIOSA, BELLÍSIMA... Siempre oigo un pequeño susurro del silencio durante la canción que me dice: Dentro de mí guardo un océano con tus lágrimas.

sábado, 18 de junio de 2011

Porque se merece mucho más que esto.

Tenía un bebé en sus manos. Sonreía como nunca, como una niña. Yo, un poco al margen, al otro lado del sofá, me di cuenta de lo mucho que le importaba, de qué era la felicidad, de quién se escondía bajo esos ojos. Había encontrado la llave de su alma y había descubierto el más hermoso tesoro: su gran corazón y todo lo que encerraba su roja sangre. Soledad, ansia, bondad, sinceridad, felicidad, euforia... Muchos y muy bellos sentimientos eran reflejados por la deslumbrante luz de las perlas de su sonrisa, muchos y muy bellos sentimientos se podían ver en sus zafiros, en sus ojos. Era la belleza plasmada en un ser humano. Rompí a llorar, me arrimé a su hombro y la dije: Te quiero, Paula. Mis palabras se las llevó al viento, al igual que la tristeza en ese momento. Recuerdo aún su cara extraña mirándome y diciéndome con pequeñas expresiones: -¿A qué ha venido eso?- Su carita no recibió respuesta, pero sí una sonrisa que desprendía más amor que nunca. En ese instante le di una razón a todos sus enfados, sus respuestas, sus llantos. La importaba, pero la importaba de verdad. Y para ello no hizo falta ninguna foto absurda con un te quiero escrito en ella sin sentimiento alguno. Sólo y únicamente hizo falta ver a su corazón sonreír, al silencio gritar, a la tristeza reír, a la felicidad dejar de llorar. Ese día añadí una nueva palabra a mi diccionario: amistad.

Te quiero Paula. Gracias y perdón.

jueves, 16 de junio de 2011

Momentos... que merece la pena vivirlos.

Y al fin, se hizo la luz. Hoy, tras toda una vida de búsqueda y melancolía, la he visto. Sí, he divisado a lo lejos como una luz me gritaba: "¡ven, ya me has encontrado!". Yo no lo pensé dos veces, al instante supe de quién se trataba. Era la felicidad. La había hallado en un momento, como si nunca hubiera necesita semejante esfuerzo como el que hice, como si, de repente, cuando menos me lo esperara, ella se presentara sin esperar nada a cambio ofreciéndome un rayo de luz, un sol que alumbrara mi camino, que me guiara instintivamente por el sendero de las sonrisas. Sin duda era ella, la felicidad. Por todas esas palabras que nunca tuve valor de pronunciar, por todos esos malos ratos, por... ¡TODO!...

Simplemente, he visto reírse a la tristeza.

¡No soy yo!


Con los puños apretados, las lágrimas en los ojos, el corazón sin apenas latidos y la vida a cuestas repetía y volvía a repetir el caminar por aquella calle. Su cuaderno de escritura, que más bien parecía un paquete de pañuelos usado, pues estaba calado de las lágrimas que había derramado mientras escribía, sangraba gotas de tinta. En el extremo superior del cuaderno un pilot negro se aferraba a las anillas de éste. También lloraba. Lloraba las lágrimas que el cuaderno no podía sangrar, que ni sus ojos ni su corazón eran capaces de derramar. El en interior del cuaderno, titulado "Sangre De Tinta", se escondían las oscuras, melancólicas y tristes lágrimas que el bolígrafo había llorado, dejado así la pura tristeza plasmada en unas simples palabrejas, tan simples como duras, tan duras como reales. Pero sin embargo, ella las había escrito como quien escribe "mi mamá me mima", las leía y ni se inmutaba. Su corazón ya no podía hablar de otra forma. Se le habían olvidado muchas maneras de gritar, como reír, cantar, bailar... Sólo se acordaba de gritar en silencio escribiendo, llorando. Pero había un problema: aquella chica había derramado tantas gotas de tristeza que llorar ya no era un desahogo. Había probado incluso el llorar sangre, pero nada funcionaba.

Cabizbaja, dudaba si dejarse caer al suelo y romper a llorar o seguir caminando hasta alcanzar el banco donde siempre se sentaba. Con mucha fuerza de voluntad (la única que le quedaba) se decidió por lo segundo. A medida que andaba iba dejando un rastro muy desagradable para cualquiera que pasara por la calle, no porque oliera mal ni nada por el estilo; la melancolía de la que estaba abarrotada se manifestaba dejando una sombra tan negra y triste que resultaba dañina para el corazón de la gente.

Sin fuerzas y sin ganas de vivir tiró su mochila al suelo y se sentó en el banco. Aquel banco no era un banco cualquiera, tenía una peculiaridad: estaba situado en frente del portal por el que salía el amor de su vida. Ella siempre se sentaba allí con la esperanza de verlo salir, pero nunca sucedía. A pesar de todo, aquella chica tenía la esperanza de que algún día podría ver a su amor fuera del horario escolar, pero la poca esperanza que le quedaba se la había llevado el viento.

Pasaban las horas. Con el bolígrafo en la mano izquierda, el cuaderno abierto en la mano derecha, la cara abarrotada de una lágrimas que reflejaban la impotencia que sentía y el corazón tirado en el suelo llorando permanecía sentada esperando su llegada. Lo que quería era verlo, bien entrando o bien saliendo. El caso era poder disfrutar de su sonrisa un pequeño instante. También anhelaba un saludo, pero eso iba a ser imposible, pues esa persona ya había advertido que por la calle no saludaba y, aunque no hubiera dicho nada, tampoco hubiera sido posible ese saludo; el rostro de aquella chica estaba tan pálido y débil que resultaba imposible reconocerla. Las lágrimas habían corrido la tinta de su piel dejándole un rostro descolorido.

Sus lágrimas acariciaron el suelo. La soledad le había hecho un agujero en el alma, la tristeza le había apuñalado por la espalda. Ya no podía más. Una melancólica sombra se cernía sobre ella.

Desesperada, cogió sus cosas y, sin ganas de hacerlo, marchó rumbo a su casa dejando atrás una inimaginable desolación. En su cabeza resonaban unas palabras que le rompían el corazón cada vez que las recordaba. Era, concretamente, una pequeña canción compuesta por ella misma.

Llegó a casa. Sin aliento, cogió las llaves y abrió la puerta. Nada más cerrarla, se dejó caer al suelo y rompió a llorar, dejando al descubierto su estado de ánimo ante el mundo, el pésimo mundo en el que le había tocado vivir.